viernes, 1 de febrero de 2013

Capítulo 4 Me robaste el corazón: Vecinos


La fortuna no fue tan mala con él como cabría esperar después de su comportamiento y le concedió el “regalo” del regreso de la bolsa de papel almacenadora y contenedora a sus pies casi en el mismo estado en que él la sacó de la tienda. Es decir, sin ningún gran agujero hecho por la patada de la mujer que la hubiese convertido en inservible. El único desperfecto visible fue que estaba mucho más arrugada.
Antes de que saliera volando, se agachó y la guardó en la cesta por si acaso, ya que nunca sabía cuándo podría serle útil…
Y le fue útil antes de lo que pensaba, pues no había empezado a caminar muy bien por el sendero que le guiaba de vuelta a su casa cuando sus pequeñas frutas y hortalizas comenzaron a hacer acto de presencia frente a él una a una con la única excepción de las zanahorias; que gracias a la cuerda que las había atado por las hojas las había mantenido unidas.
Tardó el doble de tiempo en regresar a su casa que en ir al pueblo pero sin duda merecieron la pena todos los altos y paradas en el camino para recoger su compra porque cuando entró la residencia Harper la mitad de la bolsa estaba llena.
No estaba llena pero… podía darse por satisfecho.
Y ese fue su último pensamiento del día antes de dormirse.
Durante las dos semanas siguientes se dedicó a realizar las actividades obligatorias que había planeado para su estancia allí; tanto las obligatorias como las que quiso hacer por gusto.
Pese a que el castillo estaba en ruinas, lo cual en su opinión era una verdadera lástima, las vistas que dicho montículo ofrecía eran espectaculares. Dignas del mejor paisajista y pintor de toda Gran Bretaña. Inevitablemente, se vio asaltado por un sentimiento de territorialidad y posesión para con ese lugar y, golpeándose el pecho con el puño emitió un grito gutural que hasta a él le asustó al escucharlo amplificado con el eco. La segunda cosa que tampoco pudo evitar fue intentar ubicar su casa entre todas las pequeñas manchas en la lejanía. No le costó trabajo ya que era más grande que el resto y estaba apartada del gran conjunto de edificios que conformaba el pueblo; perfectamente ubicado gracias al río y al puente. Sin embargo, no fue eso lo que captó su atención, lo que relamente lo hizo fue observar cómo una figura (que por tamaño, complexión y movimiento) no paraba quieta justo en la casa de al lado.
Lo cual significaba que la casa estaba ocupada y que tenía vecinos, en contra de lo que había pensado hasta ese instante pues, la ausencia de pruebas vitales parecían indicar precisamente lo contrario. Es decir, que no había nadie.
“Un día tendrás que ir a conocer a tus vecinos” se dijo.
A grandes rasgos podría decirse que intentó llevar una vida lo más normal y parecida posible a la que llevaba en Londres, con la enorme diferencia de que Clun no era la capital británica y nunca jamás lo sería.
Aunque sí que hubo algo que intentó evitar por todos los medios: ir de nuevo al pueblo a hacer la compra. Desde esa primera e infausta ocasión que tan impactado le había dejado y con la que a veces tenía pesadillas de tomates golpeándole en la cabeza había decidido que no sería él quien fuera a hacer la compra.
Mandaba a su cochero, que para eso estaba además de para hacerle compañía. No obstante, si él le había cogido gusto a la cama blandita y calentita y a la almohada hecha de plumas de oca (lo descubrió cuando la sacudió de forma muy violenta y algunas salieron de su interior) de la habitación de esa casa, su cochero no le iba a la zaga y se había (mal)acostumbrado a hacer el vago.
Por eso, en más de una ocasión le había tocado ser él el proveedor y el abastecedor de suministros; teniendo que ir al pueblo sí o sí para evitar morir de inanición.
Eso sí, si tenía que ir al pueblo evitaba de todas las maneras posibles (aunque eso conllevara perderse. Porque sí, se había perdido entre las calles de un pueblo tan pequeño como Clun más de cinco veces) repetir la ruta y tomar las mismas calles que utilizó y cruzó el día del famoso encuentro con la mujer desconocida.
¿Por qué?
Precisamente por dicha mujer desconocida.
No quería volver a encontrársela.
En realidad no quería tener nada que ver con ella.
No solo por temor a su reacción ante un nuevo e inesperado encuentro por su parte sino porque su conciencia le dictaba que en el mismo instante en que volviera a verla, debía disculparse con ella.
¡Disculparse!
¡Él!
Algo que nunca había hecho en sus treinta y cinco años de vida y continuaría sin hacer. Para empezar porque no sabía cómo hacerlo y para continuar, sólo se disculparía con ella si era ella quien daba el primer paso y reconocía su mal comportamiento con él por lo de la bolsa.
 Sabía de antemano que era pedir demasiado e incluso, puede que la estuviera forzando ya que, al fin y al cabo la patada y el desperdigamiento de sus alimentos obedeció y fue una reacción a los insultos y al maltrato que él le había dado antes pero era un Harper.
Un Harper testarudo y cabezota que jamás daba su brazo a torcer y reconocía sus errores a la primera.
Ese era el motivo por el cual rezaba por no encontrársela (pese a no ser creyente) todos y cada uno de los días que iba a realizar la compra a Clun caminando (cuando lo hacía a caballo no le importaba en absoluto ya que siempre podía fingir no haberla visto). Rezos que alcanzaron sus cotas máximas el día en que no le quedó más remedio que repetir trayecto tras numerosos intentos de salida del pueblo en que dio a parar a calles cerradas.
Suspiró y con los ojos cerrados dio un paso al frente…
Nada.
O mejor dicho, nadie.
“Uff” pensó. “¡Qué alivio!” exclamó, secándose el sudor de la frente con la manga de su chaqueta.
Un rasgo que diferenciaba a Anthony del resto de sus hermanos aparte de los rasgos físicos; pues era el único hermano moreno de ojos marrones y piel bronceada de los cinco frente al resto todos rubios o pelirrojos es que, tenía un espíritu temerario.
Espíritu temerario que le había llevado a tomar la decisión de entrar en los 8 de Bow Street pese a que le daba pánico y horrorizaba la sangre. Ese mismo espíritu que le retaba a diario a que pasara por el punto donde habían sucedido los hechos ante la posibilidad de un reencuentro con la otra parte del enfrentamiento para protagonizar una segunda parte donde resultara vencedor.
Y él que no era un cobarde aceptaba gustoso el reto.
Así, durante diez días estuvo pasando a distintas horas del día (e incluso había veces que varias ocasiones en veinticuatro horas) con la esperanza de verla pasar y encontrársela cara a cara de nuevo.
Esperanza, ganas e ilusiones que fueron disminuyendo según iban transcurriendo los días al no verla hasta que acabaron desapareciendo y él se paseaba tranquilamente por el lugar como si se tratara del señor de las tierras por la actitud prepotente que adoptaba al caminar.
“Probablemente se tratara de una vecina de alguno de los pueblos de alrededor que tuvo la mala fortuna de ir a Clun ese día y a esa hora precisa” pensó Anthony. “Tanto mejor” añadió. “Así no tendré que disculparme” concluyó.
Al contrario que con la mujer del encontronazo; a quien no había vuelto a ver desde el día de los hechos, a quien sí que veía  y a diario además desde que los distinguiera la primera vez desde  lo alto de la colina era a sus vecinos. Corrección vecina.
Pues resultó ser al final una mujer la persona que vivía justo a su lado, viuda o casado con un comerciante porque nunca vio a ningún hombre en la casa. En realidad a ella tampoco la veía bien y tampoco la había conocido personalmente. Lo cierto era que la espiaba. En cuanto la veía salir al patio trasero o jardín delantero de su casa, él se asomaba descaradamente a la ventana para observarla con atención, y con toda la intención de que una de esas veces ella se girara o levantara la cabeza y le invitase a su casa para poder verla.
Pero eso nunca sucedía.
Ella estaba tan concentrada y ensimismada en sus quehaceres que no era consciente de que estaba siendo estudiada.
Y él se sentía, estúpidamente como el protagonista de un amor cortés medieval.
Con ello se conformaba.
Aunque había que decir que su dama tenía los horarios domésticos más extraños que nunca había conocido porque ya la había descubierto varias veces sacudiendo o tendiendo la ropa varias veces bien entrada la noche.
¿Es que no tenía día suficiente?
¿Qué demonios hacía entonces por la mañana?
¿Cuántas horas de sueño diarias necesitaba?
¿Es que acaso era un vampiro, como la protagonista de Carmilla?
Y he aquí lo curioso de la situación; no que se pasara mucho tiempo espiando a una persona, pues desgraciadamente esa era una actividad muy habitual en su trabajo. Lo curioso de este caso era que por primera vez en su vida lo estaba haciendo por puro interés personal y porque sin que sirviera de precedentes, una mujer le había dejado intrigado y deseoso por conocerla más.
“Quizás la mujer para ti esté en Clun” recordó las palabras de su padre.
¡Tonterías!
¡Era una obsesión!
Puro y simple afán de conocimiento.
Como cuando trabajaba en un nuevo caso. Cierto, esto no era un caso pero era muy parecido.
Su curiosidad desaparecería en cuanto la conociese en persona.
Y lo haría.
¡Vaya si lo haría!
Era una de las tareas que añadió a la lista de acciones a realizar durante su estancia en Clun.
No obstante no podía ir hasta su puerta, presentarse y comenzar a charlas a las primeras de cambio.
No.
Básicamente porque nunca lo había hecho. De hecho, el escaso número de mujeres que había conocido a lo largo de su vida le habían sido presentadas y eso significaba que él no había tenido que dar el primer y más importante paso.
Era una verdadera suerte que su oficio fuera el que era porque utilizaría sus tácticas de investigación y persuasión para conocer información acerca de su vecina sin que el o la susodicha se diera cuenta para así, cuando diese el primer paso la conociera algo y partiese con ventaja.
Conocía a la persona indicada para ello.
Allí se dirigió presto.
Solo cuando salió a la calle se dio cuenta del mal estado en que se encontraba su jardín delantero tras dos semanas sin cuidados.
Las preguntas que le surgieron fueron: ¿qué pasaba, que mientras estuviera la casa ocupada se presuponía que el morador era el encargado del mismo? Pues iban listos, porque él no tenía ni idea de jardinería y ¿dónde demonios estaba el jardinero? ¿Se había tomado vacaciones o se había puesto enfermo quizás?
También lo descubriría pronto.
La persona que Anthony tenía en mente para que le revelase tan valiosísima información resultó ser ni más ni menos que el joven tendero local; el que trabajaba en la tienda Dormer y que tenía pinta de ser el cotilla oficial del pueblo. Tienda que por otra parte se había convertido en su abastecedora de provisiones temporal para su estancia en Clun. Así que… ¿qué menos que devolverle el favor con un poco de información?
“Quid pro quo” pensó antes de entrar.
-          Otra vez por aquí…- se pensó cómo continuar y concluir la pregunta, recordando justo en ese momento que no sabía el nombre que desde hacía un par de semanas venía casi a diario a comprar a la tienda. - … ¿señor? – le preguntó, dubitativo.
-          Llámame Anthony – le respondió él con una sonrisa para ayudarle a despejar las dudas y relajando la expresión de su rostro al haber conseguido no ser él el primero en romper el hielo.
-          De acuerdo Anthony – dijo asintiendo y recordándose el nombre al pronunciarlo de forma mental muchas veces seguidas.  – Soy Marcus Dormer, como podrás suponer – se presentó. - ¿En qué puedo ayudarte? – le preguntó.  - ¿Vives por aquí cerca? ¿Acabas de llegar? – quiso saber. - Y si no acabas de llegar ¿Cómo es que no te he visto por aquí antes? – concluyó su interrogatorio.
“Sabía que eras un cotilla…” pensó con satisfacción. “Y claro que vas a ayudarme. Más de lo que tú piensas…” añadió.
-          Acabo de llegar como bien dices – le dijo.  – Pero… mi familia está relacionada con el pueblo – añadió. – Mi casa es, de hecho, la grande que está a las afueras – le explicó, fastidiado al no poder darle más detalles sobre su casa y confuso porque la casa principal del marquesado de Harper no tuviera un nombre oficial o uno informal; pues su padre era un obseso a la hora de poner nombre a las cosas recién adquiridas.
-          Pero ahí… - inició Marcus la frase con el ceño fruncido. – Esa es la casa del marqués de Harper – le informó.
“Había olvidado que eras un cotilla” le dijo mentalmente con tono acusador. “Y como buen cotilla OBVIAMENTE tienes que saber dónde vive todo el mundo” añadió.
Justo en ese preciso instante se dio cuenta de que el hombre joven regente de la tienda no iba a caerle bien. Demasiado afán de conocimiento por la vida de los demás. Lo cual no era sino un fiel reflejo de lo aburrida y tediosa que era la suya, por otra parte. Y la privacidad era algo que Anthony valoraba bastante. Quizás por encima del resto de cosas.
-          Lo sé – dijo. – Sé que es la casa de lord Edward Harper marqués de Harper – repitió, para dejárselo bien claro.- Sobre todo porque yo soy Anthony Harper, su primogénito – recalcó. – Y en algún punto de mi vida esa casa será mía – concluyó.
-          ¿Us…us…usted es el hijo mayor del marqués? – preguntó Marcos sorprendido.
-          ¡Vaya! – exclamó, con la boca abierta. – Hemos oído hablar mucho de usted – le informó. – Pero no se parece en nada a la imagen que nos habíamos hecho de ti por las historias que Edwie nos contaba… - explicó, aun sorprendido.
“Un momento, un momento, un momento… ¿Edwie?” se preguntó sorprendido ahora él. “¿Este hombre llamaba a su padre Edwie?  ¿Edwie?” volvió a repetir. “Al famoso capitán del ejército temido en el continente por su fiereza en las batallas este mindundi le llamaba Edwie?” Rió mentalmente por el exceso de confianza que el tendero se tomaba a la hora de tratar con las personas, especialmente con las que eran bastante más mayores que él y por edad podrían ser su propio padre. Si su padre se enterara…
Porque Edwie era un nombre que los habitantes del lugar le habían puesto. Su padre no iba a sugerir a esa buena gente que le llamaran de esa manera ¿verdad?.
Otro pensamiento del que Marcus involuntariamente e había informado y que tendría que dejar para otra ocasión hacía referencia a su persona. ¿Qué era eso de que su padre hablaba de él? ¿Qué historias sobre su persona les contaba a esos desconocidos?  “Para más tarde Anthony” se recordó. “La mujer” se dijo. “Concéntrate en la mujer” repitió.
-          Lamento desilusionarte pero yo soy su hijo Anthony y actualmente estoy viviendo en su casa – le informó. – Y hablando de mi casa ¿sabes si le ocurre algo al jardinero o a la persona encargada de cuidar mis jardines? – le preguntó. – Hace ya dos semanas que no aparece por mi casa y, como comprenderás el estado de los mismos no es el más adecuado… - dejó caer.
-          ¿Zhetta no ha ido a cuidar de sus jardines? – preguntó Marcus boquiabierto.
-          No – le respondió. – No sé quién es ese Zhetta del que me hablas pero… no, en dos semanas no ha aparecido por mi casa y, obviamente tampoco ha cuidado de mi jardín – añadió.
“¿Ese Zhetta?” se preguntó Marcus. “¿Cree que Zhetta es un chico?” añadió, divertido. “Vamos a hacer que el hombre de ciudad pase un rato divertido…” pensó, de forma maliciosa.
-          ¿Ha ido por casualidad a decirle que, aunque usted esté viviendo en la casa quiere que se siga encargando del cuidado de los jardines? – añadió, con una sonrisa.
-          No – reconoció. Y era cierto. No había pensado siquiera en esa posibilidad. Claro que tampoco sabía donde vivía ese Zhetta, así que aunque hubiese querido, tampoco habría podido hacerlo. – Verás… es que no sé donde vive nuestro amigo Zhetta… - confesó, apoyándose sobre el mostrador de la tienda, dejando caer por su tono de voz una exigencia de más información.
-          Es fácil – le respondió Marcus. – Vive justo al lado de su casa – añadió, cruzándose de brazos.
-          ¿Zhetta es mi vecino? – le preguntó, sorprendido, confundido y algo decepcionado.
Las tres reacciones provocadas porque durante el tiempo que había estado espiando la casa de al lado únicamente había visto a una mujer.
Una mujer. Ningún hombre.
“Paciencia Thon” se dijo. “Puede que solo sea su hermano y la mujer misteriosa continúe soltera. Aún hay esperanza” añadió.
-          Sí – respondió Marcus. – Vive justo a su lado – añadió. – Y si quiere que vuelva a encargarse de su jardín no tiene más que ir a su casa y decírselo – concluyó.
-          Muchas gracias Marcus – dijo, antes de marcharse de la tienda justo con lo que quería; algo de información.
No era la información que él se había imaginado, pero al menos era algo.
Solo cuando estaba en la puerta, Marcus le llamó.
-          ¡Anthony espera! -. El aludido se dio la vuelta y él añadió: - Cuando vayas a verla pregunta por la señora Zhetta -.
Anthony frunció el entrecejo, ya sí que desilusionado.
Señora Zhetta.
Señora.
Indicador de su estado civil y religioso.
Estado civil y religioso: casada.
-          ¿Señora Zhetta? – le preguntó para asegurarse. - ¿Es que está casada? – quiso saber, preguntando como si no estuviera interesado en ese detalle.
-          ¡Oh no! – exclamó. – No, no, no, no, no, no, no – añadió.- Es solo una manera de burlarse de ella y su soltería por los más viejos del lugar – explicó.
“Soltera ¿eh?” se pregunto. “Mucho mejor” añadió satisfecho.
-          Muchas gracias Marcus – repitió Thon.
“Aún no he acabado contigo, señorito” añadió Marcus mientras reía mentalmente.
-          Pero tú no eres un hombre anciano – añadió, provocando que nuevamente se girase en su dirección. – No sería lógico por tanto que la llamases de esa manera -  le informó. – Creo que tú deberías llamarla como lo hacemos los más jóvenes, Cachu – agregó.
-          ¿Cachu? – le preguntó confundido ante una palabra tan extraña. - ¿Por qué no la llamáis miss Zhetta y aprovechais su apellido? – le preguntó. – Es original – añadió.
-          Zhetta no es su apellido – le informó.
-          ¿No? – preguntó, sorprendido. – Entonces ¿qué es? ¿Una especie de mote o apodo cariñoso? – quiso saber.
-          Eh… sí – respondió aguantando la risa. – Aunque prefiere que le llamen Cachu – añadió. – Y si quieres que te arregle el jardín te aconsejo que la llames Cachu, no miss Zhetta o señora Zhetta  - dijo. – Simplemente Cachu – repitió, intentando parecer serio.
-          La llamaré Cachu pues – dijo Anthony, plenamente confiado sobre las palabras de Marcus. – Muchas gracias Marcus – dijo una tercera vez.
A la tercera fue la vencida y en esa ocasión, abandonó la tienda.
-          No sabes la que te espera – murmuró Marcus riendo ya a carcajadas.

A Anthony Harper le gustaba caminar.
Le gustaba caminar mucho.
Así lo demostraban los paseos diarios que realizaba hasta el pueblo y para conocer los alredores.
Entonces ¿por qué le costaba tanto trabajo iniciar el camino para visitar a su vecino y conocer a Cachu?
¡Si su casa estaba a 50 metros solo!
Él mismo se proporcionó la respuesta a esa pregunta: estaba nervioso.
Nervioso como no había estado nunca ante la perspectiva de conocer a una mujer.
Básicamente porque nunca conocido a una mujer por propia iniciativa.
En ese caso los nervios sí que estaban justificados.
“¿Es que acaso eres un gallina?” se preguntó, burlándose de sí mismo. “La cobardía no es una característica en los ocho de Bow Street…” dejó caer.
Y fue suficiente porque tras emitir un gruñido y girar un ¡qué demonios! Para infundirse valor, se encaminó con paso firme a la casa que tenía justo al lado de la suya…
¡Pum, pum, pum!
Zhetta se removió, perezosa en la cama.
¡Pum, pum, pum!
“No puede ser” se dijo. “Continúa durmiendo” se ordenó.
¡Pum pum pum!
Posó su mano sobre los ojos y la descendió ejerciendo fuerza sobre su rostro para quitarse las legañas con esa acción y poder ver mejor la hora que marcaban las agujas de su reloj; objeto cuya cadena había cogido a tientas del pitote del cabecero de su cama.
-          No puede ser – dijo con fastidio al mirarlo.
¡Sólo eran las once y media de la mañana!
De acuerdo, sí. Era bastante tarde y para nada era la hora habitual a la que solía levantarse por las mañanas, rayando el alba pero precisamente por eso ella adoraba estos días.
Esos días en que no tenía que realizar ninguna tarea agríc…agirc…de la tierra, hortic…hirtoc…de los huertos o gana…naga…con animales ayudando a las distintas personas propie…porpie…porpei…dueñas del pueblo y sólo tenía que concen…cecon… estar pendiente  de sus propios animales y su pequeño huerto.
Y por tanto, podía quedarse hasta bien entrada la mañana en la cama.
Sin interr…entirr… sin que nadie la moles…melos…¡dejándola tranquila!
¡Pum, pum, pum!
O eso creía.
-          ¡Va! – gritó lo más fuerte que pudo, dando un respingo por lo ronca que sonó su voz., ya despierta del todo.
Suspiró, se puso la bata por encima de la camisola y calzones largos masculinos que usaba por pijama y ando, medio muerta chocándose contra las paredes de la casa para ir a abrir la puerta.
¡Pum, pum, pum!
-          ¡Va! – volvió a gritar como la primera vez. - ¡Va! – repitió.
Y ante una nueva ronda de golpes respondió:
-          ¡Va, va, va! – gritó mientras caminaba más deprisa. - ¡Dios! – gruñó.
-          ¿Es que no me oyes cuando te grito? – le preguntó, abriendo a puerta de repente, bastante enfadada.
-          Tú –dijo Anthony en un susurro, paralizado por la visión que acababa de tener.
-          Mierda – dijo Zhetta al descubrir la identidad de la persona que había llamado de esa manera a la puerta. “De todas las personas del mundo, ha tenido que ser él precisamente” pensó con fastidio mientras le miraba con furia. “Cachu…” añadió.
Inmediatamente se imaginó una lluvia de tomates lanzado por ella cayendo sobre su cabeza, tal y como en sus pesadillas.
No fue una lluvia de tomates lo que impactó sobre él, aunque hubo algo que sí que chocó directamente contra su cuello y comenzó a moverse nervioso por todo su cuerpo, olfateándole y mordiéndole a su paso.
-          Wingers – dijo una orgullosa Zhetta. “¿Quién dijo que el perro era el mejor amigo del hombre?” se preguntó. “Está claro que no conoce al conejo” añadió, cruzándose de brazos mientras sonreía y aprobaba satisfecha la escena que estaba sucediendo delante de sus ojos.
Había otro motivo por el cual se había cruzado de brazos. Era incapaz de hacer nada más. La visión de ese hombre frente a su puerta la había dejado obnubi… bonubi…bínubo… bloqueda y sin saber cómo reacc… qué hacer o qué decir.
Su mente era una historia aparte porque dos preguntas se hizo al verlo ahí plantado: ¿cómo había dado con ella? O mejor…¿quién se lo había dicho?
La respuesta a su segunda pregunta apareció en forma de imagen en su mente. Solo podían haber sido dos personas. Familia. Padre e hijo para más señas. Brad o Marcus Dormer; los cotillas (y tenderos) del pueblo. “Tenderos que acababan de perder un cliente” pensó con los dientes apretados.
Solo entonces recordó y vio la lucha entre hombre y animal ante sus ojos y decidió quitarle de encima a su listísimo conejo; tan listo que había hecho lo que ella mismo quiso hacer y por educa…ecadu…cortesía no pudo.
Además, no quería que la denun…dunen…que le pusiera una queja ante el encargado del orden del pueblo; Kirk Gunn.
Con él en las manos se dirigió de forma brusca hacia su visit..sivit… hacia el himbre en su puerta.
-          ¿Qué? -.
-          ¿Qué? – le preguntó sorprendido. - ¿Qué? – volvió a preguntar aún más alto. . ¿Solo vas a decirme qué? – recalcó. - ¡Tú conejo me ha atacado! – exclamó acusado con el dedo al ahora tranquilo y manso conejo marrón con una mancha blanca en la frente en brazos de su dueña.
-          Algo le habrás hecho – le replicó. – Suele portarse bien – añadió. Justo en ese momento, le arañó en su mano para pedirle que le pusiera en el suelo. – Cachu… - maldijo entre dientes.
-          ¿Lo ves? – le echó en cara él. - ¡Cachu! - exclamó al escuchar el nombre que él deseaba oír, señalándola.
-          ¿Cachu? – se preguntó sorprendida, con ojos y boca abiertos señalándose. - ¡Cachu mi culo! – exclamó enfadada. – ¡No voy a permitir que me digas palabras feas en mi casa! – añadió, entrecerrando los ojos.
-          Pero ¿qué dices? – le preguntó confundido. – Estás loca – añadió. - ¡Yo no ge he insultado! – exclamó, pronunciando con especial énfasis la última palabra para hacerle saber que él sí era capaz de pronunciar palabras largas.
-           Acabas de hacerlo – dijo. – Me llamaste loca – añadió, cerrándole la puerta.
-          ¡Espera! – exclamó, poniendo como obstáculo su brazo vendado. – Yo lo que busco es a Cachi en tu casa – le explicó, con un tono de voz similar al que usaba para explicarle las cosas a sus sobrinas.
-          ¿Quieres dejar de decirme o sugerir que hay mierda en mi casa? – le preguntó ejerciendo presión sobre la puerta para cerrarla y acercándose a él.
-          ¿Mierda? – preguntó él, enarcando una ceja y sin comprender.
-          Sí, mierda  - respondió. Ella. – Cachu – añadió.
-          ¿Cachu es mierda? – preguntó él sorprendido y avergonzado ante su nueva metedura de pata con ella. Esta vez sin ninguna intención.
“Aunque por otra parte en tu caso, no estaría del todo mal que la llamaras Cachu por cómo olía cuando la conociste…” se recordó. “ Borra y abandona inmediatamente esa líea de pensamiento” se ordenó a sí mismo.
-          Cachu es mierda en galés – le explicó ella, antes de sonreírla e intentar cerrale por segunda vez la puerta.
-          ¡Yo no lo sabía! – exclamó él inmediatamente, levantando el brazo en señal de inocencia. – Solo seguía órdenes de Marcus Dormer – le explicó. – ¡Lo juro! – añadió.
“Ahí está” pensó sonriente al escuchar el nombre del culpable. “Marcus Dormer” se recordó. “Voy a matarlo” aseguró. “Así dejara de burlarse de mí para siempre” concluyó. “Lo mataré… en cuanto este pesado se marche” decidió.
-          En realidad yo buscaba a la señora Zhetta – le explicó, ahora dudando que ese nombre tampoco significara nada ofensivo, sobre todo por su experiencia anterior y por la persona que se lo había dicho.
Al escuchar ese nombre, Zhetta se irguió poderosa y le preguntó, con tono exigente:
-          ¿Para qué la quieres? –
-          ¿No es obvio? – le preguntó él. – Para hablar -.
-          No está – le respondió seria, ejerciendo a la perfección de perro guardián.
-          ¿Por qué será que no te creo? – le preguntó él.
-          Me da igual si me crees o no – dijo, nuevamente concentrando sus fuerzas en la puerta.
-          Es bueno perdonar ¿sabes? – le preguntó haciendo alusión directa con estas palabras a su incidente del otro día.  – En algún lugar de la Biblia dice que hay que saber poner la doble mejilla – le recordó.
-          Y también hay un dicho popular que dice que recti…ricte…-. Suspiró mientras dijo mentalmente: “Es rectificar” “Rectificar” repirtió. “Vamos, tú puedes hacerlo” – Rectificar – consiguió decir mientras seguía la pronunciación mental-. Es de sabios- concluyo, dejándole boquiabierto por haberlo conseguido en tan pocos intentos.
-          Está bien – concedió. – Te pediré disculpas… -
-          ¡Bien! – le respondió ella, feliz.
-          … Si tú también me las pides a mí en nombre de tu conejo – concluyó la frase y dándose cuenta de lo estúpida que sonaba como excusa o argumento replicatorio.
-           ¿Qué? – bramó ella. – no voy pedirte perdón en nombre de mi conejo – negó, rotunda.
-          Entonces yo tampoco te lo pediré a ti – le respondió él.
-          Pues entonces no hablarás con la señora Zhetta – le replicó ella.
-          ¿Sabes qué? – le preguntó. - ¡Déjalo! – exclamó, haciendo gestos con su mano. – Volveré en otro momento en que tú no estés de visita y ejerciendo de perro guardián para poder hablar con ella – le dijo, dándose de vuelta e iniciando el camino de vuelta a su casa.
-          ¡Tendrás que esperar sentado mucho tiempo amigo! – exclamó ella a voces. - ¡Yo soy tu señora Zhetta! – añadió, saboreando el momento de antici…anciti…momentos antes de ver su reacción y cómo le rompía los esquemas con su confesión.
Al escuchar esas palabras, Anthony se dio la vuelta y en dos zancadas volvió a plantarse frente a ella:
-          ¿Podrías repetir lo que acabas de decirme, por favor? – le preguntó de forma educada.
-          Yo soy tu señora Zhetta – repitió. – Seño…soñé… Soltera – rectificó. – Zhetta – concluyó, altiva y orgullosa señalándose con ambas manos.
Horrorizado ante semejante información, Anthony se alejó de ella con un salto y se mantuvo en silencio un rato, provocando a su vez que ella también callara.
Fue tal laausencia de comunicación entre ambas partes que, se distinguían a la perfección los diferentes sonidos pertenecientes a especies distintas de aves que cantaron en ese intervalo temporal.
Hasta que…
Hasta que el silencio fue roto por una sonora carcajada de Anthony Harper.
-          ¿Te llamas Zhetta? – le preguntó, incrédulo aunque incapaz de dejar de reír. - ¿Te llamas Zhetta? – volvió a preguntarle para asegurarse de que no era una nueva tomadura de pelo. – Ahora de verdad – dijo, repentinamente serio. - ¿Te llamas Zhetta? – le preguntó por tercera vez seguida en lo que llevaban de conservación.
Zhetta asintió mientras le miraban con los ojos entrecerrados y lanzando chispas por ellos.
Anthony en cambio, volvió a romper a reír al confirmar el nombre.
¡Se llamaba Zhetta!
¡Zhetta!
¡Era el nombre más estúpido y feo de todos los que había escuchado en su vida!
Pero…era una tontería guardarse para sí, sus opiniones.
Debía hacérselo saber.
-           Te llamas Zhetta - dijo intentando contener la risa, aunque inevitablemente se la provocaba.
No obstante, la detuvo cuando vio el gesto serio en su rostro.
      -   ¿Te llamas Zhetta? -le preguntó, completamente sorprendido.
Ella asintió nuevamente.
-          Por cuarta vez y todas las que vengan después, sí  - respondió. - ¡Sí! – repitió, bastante harta del cachondeo que su nombre le provoc…porvoc… le estaba causando.  
Y él, se echó a reír a carcajadas por segunda vez..
- ¡Zhetta! - exclamó señalándola. - ¡Zhetta! - repitió sin dejar de reír y siguiendo al pie de la letra sus pensamientos anteriores. - ¡Venga hombre! – protestó, ahora ya serio, incrédulo aún. - Y ¿por qué no y griega? - le preguntó. - ¿O equis? - añadió con tono burlón. - No ¡espera espera! - añadió, con el dedo índice levantado hacia arriba. - ¿Por qué no hache? - volvió a preguntar sin dejar de reír. - ¡Ay Dios! - exclamó. - ¡Qué poco debían quererte tus padres para ponerte un nombre así! - añadió, mordiéndose el labio para detener sus carcajadas. - Solo por curiosidad ¿cuál es tu segundo nombre? - quiso saber. - Porque no creo que pueda estropearse más que llamándose zeta... - dejó caer.
- Mira señor mano tonta – dijo interrumpiendo sus tonterías con su nombre como tema central y orgullosa de sí misma al haber encon…conen… hallado palabras sinóni… sonino… parec…perac… simil…limis… casi iguales a impálido (o como demonios se dijera la palabra correcta… cerrocta…bien) y por tanto, por no haber metido la pata frente a él en eso y con los puños apre…pera…cerrados conte…cento…conte-niendo las ganas de darle una bofe…befo…una guantada bien dada porque era un recién llegado al pueblo.
Un gilipollas, cierto. 
“Otra ves esa palabra” se regañó. “¡Él saca lo peor de mí!” exclamó la otra parte de su mente.
Pero un recién llegado al fin y al cabo.
Y las normas de hospital…hispo…cortesía y buena vecindad eran muy estrictas en el pueblo de Clun.
- Para tu informa…onfi… para que lo sepas, no tengo un segundo nombre. – le informó. Y sí, mi nombre es Zhetta - dijo. – Zhetta Caerphlly – añadió, diciéndole su nombre completo. - Zhe-tta - repitió. - Zhe- tta - dijo una vez más. - Con hache interca… inter metida entre la zeta y la -e y con doble -t - explicó. - No me llamo como la letra del abece…acebe…alfa…al-fa-be-to sino que mi nombre significa olivo y es de origen portugués - aclaró. - Y la próxima vez que nece…cenes…que me busques para algo o quieras ayuda de alguien o para algo en este pueblo no cuentes conmigo - le advirtió, amenazante. -¡Ve a pedírsela al párroco que es una obligación cristiana! - exclamó, concluyendo tan magnífica réplica cargada de palabras de cuatro sílabas pronunciadas de una sola vez cerrando la pesada puerta de su casa con la puerta en las narices por fin.
“Sí que iba a ser cierto que se llamaba Zhetta” se dijo para sí mientras miraba la puerta cerrada fijamente como si estuviera hipnotizado. “Genial” se felicitó a sí mismo con ironía.
No solo había vuelto a meter la pata con ella y esta vez sí o sí era él el único que debía disculparse sino que además… ¡seguía sin tener jardinero!

Me robaste el corazón; Capítulo 3: Clun


-       Clunton, Clunbury, Clungunford y Clun son los lugares más tranquilos debajo del sol – canturreó Anthony.
Un Anthony resignado, enfadado y aburrido a partes iguales por la “interesante” coyuntura que le había tocado protagonizar gracias a su padre.
Si le quedaba algún resquicio de duda sobre de quién había heredado Rosamund su comportamiento sibilino y su gran capacidad de elaboración de planes y estrategias ahora había desaparecido. Todo provenía de su padre.
¡Cuán estúpido había sido!
¡Tenía que haber empezado a sospechar en cuanto su padre le llamó para charlar y tratar temas importantes! ¡Si hubiera estado en los ocho de Bow Street sus sentidos lo hubieran predicho!
Su período de inactividad le estaba haciendo perder facultades y por ello, fruto de la confianza e ingenuidad hacia su figura paterna se encontraba en ese carruaje camino de Clun, lugar de las propiedades familiares del marqués de Harper.
“Clun” pensó con horror. Y de inmediato, bostezó de forma sonora a la vez que se desperezaba. “Esto es lo que me provoca pensar en Clun” añadió, apoyándose sobre el respaldo del asiento del carruaje y cerrando los ojos.
-       Clunton, Clunbury, Clungunford y Clun son los lugares más tranquilos debajo del sol – volvió a canturrear.
No podía estar más de acuerdo con los breves versos del poeta Alfred Edward Houssman; hoy convertidos en cancioncilla popular. Con esta escueta obra lírica lo que el autor venía a decir de forma eufemística en que en esos lugares nunca pasaba nada. Pero ¿cómo iban a pasar cosas si estaban en los confines del mundo?
“Paciencia” se recomendó a sí mismo mientras reprimía sus ganas de golpear con fuerza la pared del carruaje (algo nada bueno para el estado actual de su brazo).
Clun.
Hacía tanto tiempo que no pensaba en Clun…
Exactamente desde la última vez que lo visitó, cuando tenía quince años. Lo cual quería decir que habían transcurrido veinte años desde entonces.
Durante todo ese tiempo, esperó que dicho pequeño pueblo (porque era lo único que recordaba con seguridad del lugar; que era bastante pequeño en cuanto a dimensiones y número de habitantes) desapareciera por una plaga, una enfermedad contagiosa que asesinara en masa al total de la población, por traslado de la misma o por una catástrofe natural. Pero que desapareciera al fin y al cabo, ya que no tenía ninguna intención al respecto de regresar allí nunca.
Sus esperanzas se vinieron abajo y desaparecieron con las continuas y recientes visitas de su padre al lugar con los consecuentes informes acerca de la situación actual del mismo. No solo no había desaparecido, sino que encima ¡había duplicado su población! Había pasado de tener casi doscientos a cuatrocientos, gracias sobre todo a la emigración de personas procedentes de otros territorios europeos y de la propia Gran Bretaña.
Un dato fantástico para su padre, pero pésimo para él y sus esperanzas, sueños e imaginaciones; donde el panorama de Clun era bien distinto. Tan distinto de hecho, que en su mundo paralelo, dicha localidad ni siquiera aparecía en los mapas.
La realidad era que no solo aparecía en los mapas; sino que su popularidad había aumentado gracias a que el duque de Norfolk se había mostrado orgulloso en público de la posesión del título de barón de Clun, por el aumento del número de caminantes que realizaban la ruta de Shropshire y gracias el boca a boca de los transportistas de mercancías a caballo. Además, a todo eso debían sumarse ahora los versos que el poeta le había dedicado.
Anthony no sabía ninguno de los datos que acababa de recordar. Éstos se los había dicho Penélope Storm; la mejor amiga de su hermana cuando coincidieron en la visita que realizó a la casa de su hermana para informarle de las buenas nuevas. También había sido ella quien le había recomendado que se mostrara orgulloso de las tierras que le pertenecían pues tenían un rico pasado histórico y numerosos restos antiguos. Obviamente no le preguntó qué tipo de restos había, pues sabía de antemano que había algo que le gustaba más a Penélope que leer libros y eso era proporcionar información y dar a conocer sus numerosos conocimientos en públicos con porte distinguido y un tono de voz que rayaba la pedantería.  Gracias a eso sus dudas acerca de qué tipo de restos iba encontrarse en Clun quedaron despejadas y le sorprendieron gratamente; la verdad ya que al parecer el pequeño pueblo tenía: un castillo normando construido por Robert de Say después de la invasión y que llegó a ser un castillo fronterizo de gran importancia. Penélope le dijo que estaba en ruinas pero a él ya le había picado la curiosidad y sin duda era uno de los lugares que visitaría, otro gran monumento era el puente de cuatro arcos sobre el río homónimo construido en el siglo XV. Puente del que tenía una vaga idea y que sin duda sería lo primero que conocería del pueblo, ya que tenía que cruzarlo para entrar en él, el hospital de beneficiencia del siglo XVII Trinidad, tal y como lo llaman los lugareños construido en  1614 por el conde de Northampton Henry Howard, la iglesia normanda dedicada a San Jorge (lugar que no pensaba visitar ya que no era un hombre muy religioso ni de iglesias) y en los alrededores del pueblo podía encontrar vestigios de lo que fue el muro fronterizo entre los reinos de Powys en Gales y Mercia en Bretaña construido y atribuida al rey Offa de Mercia en el siglo VIII. Otro de los lugares que sí tenía pensado visitar, así como Clunton, Clunbury y Clungunford, si no estaban muy lejos.
A él le gustaba caminar y total, no tenía otra cosa mejor que hacer…
“Gracias Penélope” repitió mentalmente las palabras que ayer mismo le había dicho en persona.
Gracias a su información sobre el lugar y los alrededores no iba tan a ciegas y pudo planear algunas actividades que realizar para no aburrirse tanto y que su estancia allí fuera lo menos tediosa posible.
Penélope…
Ese pequeño diccionario parlante…
¿Cómo demonios se le pudo ocurrir a su hermana Rosamund la disparatada idea de intentar emparejarlos en sagrado matrimonio?
¿Es que quería burlarse de él y dejarlo en ridículo continuamente?
A Dios gracias había encontrado a un hombre que la amaba y la respetaba precisamente por eso y que no se avergonzaba de quedar en desventaja. Un hombre del que prefería guardarse su opinión pero que a ella le hacía feliz.
Penélope, otra mujer de las que pensó que jamás se casaría.
Quizás sí que iban a ser ciertas las palabras de su padre y sí que existía una mitad para cada persona… ¿Tendría razón nuevamente y la suya se encontraba en Clun?
Rió a carcajadas y sacudiendo las piernas.
Era sin duda la tontería más grande que había pensado en toda su vida.
Y todo era por culpa de la falta de sueño.
Un remedio al que pensaba poner remedio desde ese instante estirando las piernas, reclinándose y apoyándose sobre una de las paredes del carruaje y cerrando los ojos…

Una persona normal habría preferido realizar el viaje por etapas y con escalas para llegar lo más descansado posible y apreciar el paisaje cambiante a su paso. En este tema, volvía a demostrarse que Anthony Harper no era igual que el resto porque tanto él como su cochero hicieron todo el viaje completo sin descansar. De hecho, solo realizaron una parada en todo el camino en la que se detuvieron en una posada para cenar comida caliente, ignorando las provisiones enviadas por la cocinera de los Harper.
Pero ellos no querían descansar, querían llegar cuanto antes. De ahí su premura.
Sabían que era una locura y que no estaba nada bien hacerlo de esta manera, pero ambos hombres así lo habían acordado. La peor parte sinduda se la llevaba el cochero, quien debía mantenerse despierto y con los cinco sentidos alerta durante todo el trayecto para evitar salirse del camino, perderse, evitar que el carruaje sufriese algún contratiempo que les obligara a detenerse o impedir y defenderlos ante un ataque de contrabandistas, bandolero o salteadores de caminos. Mientras realizaba todo eso debía ignorar los dolores en la zona del culo por llevar tanto tiempo sentado o los pinchazos y tirones al final de la espalda, justo en la zona de los riñones que desaparecerían con un mínimo desperezo. Acción imposible de realizar en la posición de control de las riendas en la que se hallaba en ese momento.
Mientras, Anthony tampoco podía descansar. Al menos no todo lo bien que descansa uno al estar tumbado en una cama porque es materialmente imposible quedarse dormido profundamente de manera natural mientras se realiza un trayecto en carruaje. Pero él al menos tenía las piernas estiradas y descansadas. Y lo que es mejor, los ojos cerrados. Con lo que su mente estaba descansada y relajada. Y en cuanto notaba el más mínimo calambre o dolor en alguna zona de su cuerpo al quedarse adormilada por inactividad, lo único que tenía que hacer era ponerse “en pie” (no podía hacerlo en toda su envergadura pues era más alto que las dimensiones del carruaje) y estirarse mínimamente.
Sin embargo, y aunque sonara egoísta, no estaba preocupado por su cochero. Ya que al fin y al cabo, había realizado viajes mucho más largos en peores condiciones y durante el trayecto de los mismos había sufrido innumerables contratiempos y aventuras. Además, ya descansaría en cuanto llegasen allí. Al fin y al cabo, tampoco tenía muchas más cosas con las que entretenerse…
En cuanto al tiempo que iban a permanecer en el lugar lo había pensado en una de las numerosas cabezaditas que se había echado pero en ningún caso y bajo ninguna circunstancia iba a tener más duración que dos semanas. Quince días a lo sumo.
Primero porque esos quince días era tiempo más que suficiente para conocer el lugar, los monumentos más significativos del mismo y los alrededores. Y segundo y lo que era más importante, el ponerse al día en lo referente a la situación actual del marquesado y el conocer a las personas dependientes del mismo y que por tanto iban a estar a su cargo y bajo su fura protección no le iba a ocupar más que dos días de su tiempo, si sus cuentas no eran erróneas.
¿Cómo estaba tan seguro de eso?
Porque su padre acababa de regresar a Londres tras un largo período y estancia en el lugar. Y su padre era como él, un culo inquieto incapaz de estar si hacer nada en un sitio durante mucho tiempo. Así que no le sorprendería en absoluto encontrarse los libros de cuentas del marquesado perfectamente completos, ordenados y pormenorizados hasta el más mínimo detalle cuando le echara un vistazo. Un añadido a la validez de su argumento temporal era que el marquesado de Harper tampoco tenía una gran extensión: solo le pertenecían 30 millas de los alrededores de Clun; su lugar principal. Era pequeño pero solvente económicamente y a ellos les permitía vivir de manera acomodada.
Se despertó sobresaltado al soñar que se caía a un río y, aún adormilado se restregó los ojos mientras se acercaba a la ventana para admirar el paisaje y ayudarle a ubicarse mejor. Solo entonces descubrió el motivo y la temática de su sueño: estaban pasando junto a uno.
De hecho, podía establecer con un alto margen de acierto que el río que estaban a punto de cruzar  no era ni más ni menos que el río Clun. Lo cual significaba que estaban a punto de entrar en el pueblo de Clun. Su futura propiedad.
La pista se la había dado el puente; exacto a la descripción que de él le había dado Penélope: con circo arcos, de los cuales tres y medios entraban en contacto directo con el agua, con tres tajamares en forma de pico que servían para romper la fuerza de la corriente de dicho río y que el cauce del mismo fuera tranquilo (función de la cual dudaba ahora mismo su utilidad, pues las aguas de dicho río fluían de forma tan tranquila que se hacía casi imperceptible al ojo humano), puente que estaba construido en bloques e hiladas de piedras de diferente tamaño y que, dependiendo de la luz solar acrde a la época del año sus tonalidades iban desde el marrón tierra claro al gris oscuro; como era en esta ocasión.
Ante la falta de luz solar y la ausencia de vegetación por ser invierno no podía hace un mejor juicio de los colores y del aspecto que el entono luciría en todo su esplendor pero… bucólico sería el adjetivo que mejor encajaría a la hora de describirlo.
De repente, sintió una oleada de necesidad por conocer cuál sería el aspecto real del paisaje que se había formado en su imaginación. Era un sueño al alcance de la mano porque podría comprobarlo por sí mismo en poco más de un mes, que era cuando oficialmente se cambiaba de estación y la gente saludaba a la primavera con multitud de festivales.
“Un mes…” se dijo dubitativo.
¿Un mes?
¿Estaba dispuesto a pasar un mes de su vida en este pueblo?
Decididamente sí.
Se iría en un mes.
Solo pasado un mes.
No pensaba quedarse ni un día más allí.
            En realidad, había otro motivo por el cual el cochero hacía el viaje con él: era el único (aparte de su padre, por supuesto) que conocía cuál era la ubicación exacta de la propiedad familiar. Ninguno de sus hermanos había puesto un pie en el lugar desde la muerte de su madre, ocurrida veinte años atrás. Edward incluso ni recordaba haber estado aquí. Quizás porque Clun era su lugar favorito…
            Por otra parte, si él se presentaba en el pueblo alegando ser el hijo mayor del marqués de Harper cuando no se parecía en absoluto a él físicamente alegando no saber dónde se encontraba la casa que algún día sería suya con las pintas que llevaba y exigiendo ser llevado hasta allí, seguramente no tendría mucho éxito en sus reclamaciones. Al menos si él se encontrase en el otro punto de vista no le haría el más mínimo caso, lo tomaría por un chiflado e incluso sospecharía de sus buenas intenciones…Por eso el cochero era tan necesario nuevamente.
            Un frenazo inesperado hizo que Anthony saliera y abandonara de forma brusca su hilo de pensamiento. Tan brusca fue su interrupción y tan inesperada que su cara se golpeó justo con la pared de enfrente del carruaje.
            Dolorido y enfadado asomó la cabeza por la oquedad del techo a modo de claraboya para la iluminación del interior para rendirle cuentas:
-          ¿Qué demonios? – preguntó, mientras se frotaba su mejilla enrojecida.
-          Lo siento señor – se disculpó de inmediato. – Pero… - añadió, señalando con el dedo.
Siguió con la mirada el camino señalado por su dedo y… una oveja.
Una oveja se había cruzado en su camino, provocando tan inesperada parada y se hallaba quieta, justo en la mitad de la vía impidiéndoles el avance.
-          Maldita oveja – farfulló entre dientes. - ¡Fuera! – le gritó, haciéndole aspavientos con el brazo. - ¡Fuera! – repitió. – ¡Fuera! – exclamó una tercera vez. - ¿Quieres ayudarme a espantarla? – le preguntó exasperado. Y juntos intentaron espantarla, pero nada.
¿No decían que las ovejas eran tontas?
Esta desde luego, no hacía honor a su fama.
“¿Es que me va a obligar a levantarme y espantarla yo mismo desde cerca?” se preguntó furioso.
Y eso fue precisamente lo que hizo.
Se bajó de un salto del carruaje y con paso firme se acercó hasta donde dicho animal adorable se hallaba. Ésta al verlo lo saludó con un balido.
-          Muy simpática – dijo irónico.
Sin embargo, no se situó junto a ella de inicio.
Mantuvo unos pasos de distancia desde pudo observar con atención a su oponente para acabar concluyendo que no era la clásica oveja del bosque de Clun. Bastaba con mirar al resto de ovejas que pastaban tranquilas y lejanas en los alrededores para darse cuenta de la diferencia. Ésta era negra y las otras eran enteramentes blancas. Por si el color oscuro de su piel (no así de su cándida lana) no fuera suficiente, dicho animal en particular llevaba un grueso cordel alrededor del cuello de un color rojo intenso y además, le había dejado el rabo largo a propósito. Un largo que justo en ese momento agitaba como si de un perro contento se tratase y cuyos movimientos ondulantes Anthony tomó como una burla y una ofensa personal.
-          Por eso no me gusta el campo – se quejó. – Yo soy un chico de ciudad – se dijo para sí en voz alta. Antes de exhalar aire, girar los hombros y acortar la escasa distancia que ya los separaba para empujarla por la zona del trasero y apartarla así del camino.
-          ¡Ánimo patrón! – le gritó su sonriente cochero con el puño en alto desde su carruaje.
-          Genial, no solo tengo que empujarte por el culo sino que encima me arriesgo a hacer el rídiculo para siempre delante de mi cochero solo porque a ti te parece que este es el mejor sitio del pueblo para hacer una parada – le recriminó, mientras comenzaba a empujarla…
Con nulos resultados.
Bien esta oveja era la mejor alimentada de toda la zona lo que le producía una fuerza y capacidad de anquilosaje sobrehumanas o bien era la más testaruda. Incluso puede que ambas a la vez porque pese a que Anthony se dejó la piel y toda su fuerza en los empujones, no consiguió moverla ni un ápice.
El mismo efecto tuvieron los gritos que le dio en la oreja de forma directa; lo cual añadió como posibilidad a su estaticidad en ese punto defectos físicos como la sordera o la ceguera. Con el siguiente empujón, la oveja añadió otra característica más a sus rasgos definitorios: bromista, ya que confundió (o no y lo hiciera a propósito, en cuyo caso el adjetivo de descripción sería mucho más malsonante) la mano de Jeremy con el suelo y le cagó encima. Tres montones compuestos de otras tres pequeñas bolitas de mierda cada uno.
Anthony retrocedió horrorizado de un salto  maldiciendo su mala suerte, acordándose de todos los antepasados de dicho espécimen ovicáprido y relatándole una lista de suculentos platos cuyo ingrediente principal era el cordero bajo la atenta mirada de su cochero, que se desternillaba de risa.
Aún así, esto tampoco funcionó.
Desesperado por no hallar una solución y ya sin paciencia, decidió apartarla del camino utilizando otra zona de su cuerpo que no fuera la parte trasera (por lo tanto la cola estaba descartada). Lo menos que quería era provocarle una diarrea al animal encima.
Con la parte trasera descartada,  la lana también, pues había sido esquilada hacía muy poco tiempo y el pelo no era lo suficientemente largo para tirar y las orejas también había decidido no tocarlas porque puede que no le gustaran los animales pero no era un bruto, el único ugar idóneo para tirar era el cuello.
En realidad, no el cuello sino el cordel rojo que lo rodeaba. El del lado rojo.
Anthony creyó que al estar tan retirado de la zona de expulsión excremental de su cuerpo él quedaría a salvo de nuevos ataques por parte del animal.
Iluso.
Ese fue su error más grave.
Porque en el mismo momento en que posó su mano sobre el cordel rojo del cuello de la misma, ésta se revolvió de manera brusca y le soltó una doble coz justo en la boca del estómago tan fuerte e inesperada que le hizo caer de rodillas al suelo.
No le dio tiempo bien a quejarse y a retorcerse del dolor cuando su cochero se materializó a su lado, preocupado por su salud.
-          Patrón, señor, patrón…señor… ¿se encuentra usted bien? – le preguntó.
Pero Anthony le ignoró, aunque agradecía las muestras de preocupación por su bienestar, su mirada se hallaba fija ahora en el animal que se alejaba brincando de ellos con pequeños saltitos para reunirse con el resto de ovejas que por allí había.
Una mirada que estaba cargada de odio y resentimiento hacia dicho animal en particular. Mirada que continuó con la misma intensidad mientras pronunciaba casi sin aire:
-          Co…que…ta -.
Era verdad.
De todos los adjetivos que había utilizado para referirse a ella, éste sin duda era el que mejor la definía.
            El resto del camino, ante la imposibilidad de recuperación total de Anthony, lo hicieron los dos hombres sentados juntos en el frente del coche, con lo cual Anthony pudo disfrutar de las vistas y observar el castillo en ruinas en lo alto de la colina cercana al pueblo mientras asentía con satisfacción.
            Gracias también al cambio de posición descubrió confuso que al contrario de lo que él recordaba, su casa no se encontraba dentro del pueblo sino que estaba situada a las afueras. No excesivamente lejos, aislada del mundanal ruido pero sí lo suficiente para concederle privacidad. Algo que le agradó sobremanera.
Necesitaba privacidad si quería descansar.
Al fin y al cabo ¿no era eso para lo que había venido?
            Por eso mismo, no le hizo tanta gracia el descubrimiento de una casa junto a la suya. Solo esperaba que el hombre o la familia que iban a ser sus vecinos durante ese corto período de tiempo no fueran ruidosos porque el ruido y el jolgorio sin ningún motivo particular era algo que lo enfadaba sobremanera. Le distraía y desconcentraba del trabajo.
            Solo cuando estuvieron en la entrada de su casa, Anthony se puso de pie en el carruaje y contempló con enorme interés lo que tenía delante.
El resultado y veredicto a su casa era favorable.
Muy favorable de hecho.
No era grande, al menos no tan grandes como otras casas principales nobiliarias (bastaba como ejemplo la de su cuñado en Gloucestershire) pero sí lo suficiente para alojar a una familia de cinco hijos con su respectivo servicio. Él calculó en torno a dieciocho habitaciones entre dormitorios, cuartos de aseo, cocina, salón y despensa.
            Unas habitaciones que se disponían de forma vertical, siguiendo el plano alargado y frontal de la casa. Cuya fachada tenía tres “torres” sobresalientes en altura al resto del edificio pero que estaban rematadas con el mismo tejado de pizarra inclinado. La puerta principal estaba en el centro mismo de la fachada y su puerta era de doble vano en lo que desde lejos parecía una madera fuerte y gruesa; probablemente roble. Por último esta fachada estaba llena de ventanas. Ventanas que a su vez servían de decoración de la misma puesto que al estar realizada en la misma piedra que el puente, no producía una sensación agradable al contemplarla en esta época del año (“hecho que cambiará en primavera” se recordó) aunque parte de la misma estaba cubierta de hiedra y musgo.
            Pero sin duda, la parte que más le gustó de lo poco que había visto de la misma; quizás por ser inesperado fue el jardín delantero. Un jardín en perfecto estado y  que parecía cuidado con mucho esmero y primor que ocupaba toda la longitud de la fachada y que por lo menos tenía dos metros de ancho donde se incluía vegetación de todo tipo: matorrales, setos, flores diversas, hierbas y incluso árboles de escasa altura y grosor en sus troncos. Por incluir tenía hasta… ¡bancos!
“¿Bancos?” se preguntó, contrariado.
Podía entender la presencia de un banco para el descanso unipersonal de su padre pero… ¿más de uno? ¿para qué?
Agradeció mentalmente que su casa estuviera retirada del resto del pueblo. Lo menos que deseaba era que sus jardines se convirtieran en el picadero de la juventud local. Aunque puede que fuera precisamente esta distancia el motivo por el que los jóvenes lo eligiesen…
Eso era un tema que tenía que investigar.
Porque se les había acabado el chollo ahora que él había llegado.
Volvió a dejar el coche con un salto y sólo se giró para decirle al cochero:
-          Entraré yo primero – anunció. – Tengo muchas ganas de ver el interior… - añadió, sonriente mientras echaba a andar pensando en lo bonita que era su casa campestre y se deleitaba en todos y cada uno de los detalles de la variedad de plantas que componían su jardín.
Si el exterior de la casa le había causado una magnífica impresión, no se podía decir lo mismo del interior.
Pero no porque fuera feo o estuviese en malas condiciones o abandono.
Al contrario.
Estaba igual de bien que el exterior. E incluso había acertado con el número de estancias que la componían. Entonces ¿cuál era la causa y motivo de tan grande desilusión?
La ausencia de todo contenido que le diese vida.
Y no me refiero a decoración. Pues de eso sí que había. Quizá demasiada y por todas partes. El contenido al que Anthony hacía alusión eran los víveres.
¡Víveres!
Comida y bebida. Salado o dulce. Fresca o en conserva. Pero ¡comida!.
Tampoco hacía tanto que su padre se había marchado de esa casa ¡por Dios!
¿Es que ni siquiera iba a encontrar algún resto de comida con moho o señal de abandono?
Bufó mientras su instinto y su intención le dirigían hacia el despacho de su padre.
Allí, bajo los libros de cuentas, descubrió un sobre con una cantidad importante de dinero.
“Al menos me ha dejado dinero” pensó, guardándoselo en el bolsillo de la chaqueta, “No moriré de hambre” añadió.
Fue a buscar al cochero para advertirle que no se durmiera pues tenía que llevarle al pueblo a comprar suministros. Pero llegó tarde. Cuando dio con él, éste se hallaba profundamente dormido; roncando como un oso en uno de los bancos del jardín.
Esta vez le tocaba ir al pueblo solo. Y dado su reciente episodio con los animales, se negaba en rotundo en ir montando a caballo o en el carruaje. Además, que esos animales se merecían un descanso prolongado (y él con un brazo no podía ensillar solo a los caballos) Por tanto, iría a pie.
-          Venga Thon – se refirió a sí mismo con el nombre con el que sus hermanos le llamaban. – Es hora de tu primera excursión al pueblo – añadió.

Bastante satisfecha consigo misma era como caminaba Zhetta Caerphilly por las calles de Clun mientras masticaba un suculento y excesivamente jugoso (dado que estaba chorreando jugo por ambas comisuras de la boca) melocotón.
El motivo de su satisfacción era que dicho melocotón se lo había agenciado. O en otras palabras, lo había robado de la tienda de los Dormer.
Que conste que ella no era ninguna ladrona. Simplemente esto era un capricho que había decidido autoconcederse. Normalmente las mujeres preferían algo con chocolate  o dulces. Ella prefería fruta. Era así de sana. Así de sana y rara. No obstante hoy no le llegaba el presupuesto para comprárselo y ella había tenido un antojo muy grande en cuanto vio la cesta de los melocotones en la entrada de la tienda. Llamándola y tentándola con su buena apariencia y color.
No lo pensó dos veces y en descuido de Mark; el hijo de los Dormer y encargado habitual en el establecimiento se agachó y se lo encontró entre los senos, agradeciendo a Dios que se los hubiera concedido nuevamente (no era la primera vez que guardaba cosas ahí).
Por otra parte, tampoco podían quejarse por haber cogido uno de los melocotones de su tienda porque para empezar no eran lo más caro que allí vendían y además, había gastado mucho dinero en dicho local abastecedor. Su burra Beeps, o mejor dicho, las alforjas de su burra Beeps; repletas y llenas hasta casi rebosar daban buena cuenta de ello.
Y tampoco es que ella fuese de esas mujeres caprichosas y antojadizas a diario; de hecho era la antítesis a la imagen de cualquier mujer (mucho más ese día). Solo se concedía caprichos en días contados o por ocasiones muy especiales.
Hoy había tocado por ser un día especial. Un día especial por satisfacción.
Por primera vez y sin que sirviera de precedentes, los hombres de la ciudad; con el alcalde a la cabeza le habían dejado participar en el arado y abonado de las tierras circundantes. Cosa que nunca le habían dejado hacer antes en sus veintiséis años de vida.
Por eso ella no era mujer al uso.
Sabía que esta tarea hubiera horrorizado a cualquier mujer urba…urbre..urrab… de la ciudad, (pero es que ella era una chica campestre hasta la médula; tan campestre que creía estar un poco asilv…avis…alisv…silvestre y asal… alza…aa.. salvaje)  y no solo porque estaba sola rodeada de hombres a solas, también por el atuen… anuet… las ropas que tenía que vestir; con un mono, una camisa de franela, botas de piel y como complem…comlep…adorno personal ella había decidido llevar un sombrero de paja aunque no hacía mucho sol y sobre todo, por el abono que usaban.
Se decían muchas cosas acerca de cuál era el mejor abono para arar y utilizar en las tierras pero todos sabía, o al menos todos los habi…hiba… todos los del pueblo sabían que sin duda, el mejor era el abono animal. En otras palabras mierda.
Y como los terrenos de dichas tierras abarca…acarba…ocupa…opuca… las parcelas de tierra eran muy grandes tuvieron que utilizar mucha mierda. Pero mucha mucha. Enormes cantida…candita… montones y montones de mierda.
Por suerte para ella era una chica cuidad… ciudad…tenía cuidado de no ensuciar…encusiar… de no mancharse y ahí estaba impolu… inlop…ilompu… limpia como una patena. Lo que no pudo evitar de ninguna de las maneras era que el olor se le pegase a las ropas.
De esta manera, pesti… petis… oliendo fatal fue como entró a la tienda de los Dormer a comprar, provocando vómitos, mareos y náuseas a su paso. Invol… Inlov… sin querer.
Si por ella hubiera sido, viendo cómo la miraba la señora Dormer hubiera hecho la compra desde la calle, pero ella no sabía dónde estaban las cosas y siempre olvidaba alguna cosa porque nunca hacía la lista de la compra. Solo la recorda… recroda… solo cuando la veía la añadía.
Menos mal que su tiempo en el pueblo había acab…abac… menos mal que ya no tenía que pasar más tiempo en el pueblo y no la podían elegir o nombrar persona non grata y podía irse a casa en Beeps; quien no potesta…preposta… quien nunca se quejaba (sobre todo porque ella había olio peor muchas veces y sobre todo, por su propia suciedad) para darse un largo baño en la tina de agua caliente.
Cerró los ojos mientras imagi…igima… mientras se veía tomando el baño en agua calentita y se mordió el labio ante una imagen tan placen… planec… satisfac…safista… ante la mejor imagen que se le podía venir a la cabeza mientras iba a reunirse con su burrita.
Mientras llegaba al final de la calle comenzó a escuchar las primeras quejas y palabras feas, pero solo vio al hombre que las decía al doblar la esquina y comprendió por qué las decía: se le habían caído los alimentos de la bolsa y estaban desparra… esparci… dispersos a su alrededor y solo tenía un brazo útil.
Le dio lástima.
Confusa y desde la distancia ladeó el sombrero para rascarse la cabeza y mientras se terminaba de comer el melocotón, pensaba qué debía hacer y si prestarle u ayuda o no.
“No ha sido tan malo” pensó un satisfecho consigo mismo Anthony mientras caminaba de regreso a su casa caminando. “Te llevas un montón de comida y por mucho dinero del que habías pensado” añadió. “¡Es un chollo!” exclamó, feliz.
Solo cuando llegaba al final del pueblo comenzó a repasar mentalmente la lista total de alimentos comprados para asegurarse y cerciorarse de que en la bolsa y la cesta que llevaba se encontraban todos los que él había anotado en la lista de papel que había realizado antes de salir de su casa.
El motivo respondía a que una vez iniciado el camino no iba a dar la vuelta para comprarlo. A no ser que fuera de primer orden de supervivencia.
La pereza y el cansancio se habían adueñado de él y se negaban a abandonarle
“Leche, huevos, pan, patatas, zanahorias, lechuga, chorizo, salazón…” comenzó a decir.
Y tan concentrado se hallaba en el repaso alimento por alimento de la lista que no lo vio venir. O mejor dicho, no la vio estar.
Se tropezó con una de las raíces levantadas de lo que parecía un gran abeto.
Por segunda vez en el día y en muy poco espacio de tiempo, acabó de rodillas en el suelo. Lo raro y extraño era que no tuviese algún agujero en el pantalón a la altura de las rodillas.
El drama vino en esta segunda ocasión cuando algunos de los alimentos que había adquirido recientemente le acompañaron en su caída. Algunos incluso decidieron viajar y aterrizar a un par de metros de distancia.
Avergonzado por si alguien lo había visto caerse de una manera tan tonta y pueril, se levantó de inmediato y lo primero que hizo fue mirar sus rodillas para asegurarse de que todo estaba bien y sano para limpiarse los restos de suciedad y briznas de hierba que le permitiera su mano útil.
Después comenzó a maldecir y a soltar las burradas más grandes que venían a su mente sin procesar la información, añadiéndole más tarde tirones de pelo, y un enfado monumental con la raíz del maldito, estúpido y solitario árbol.
Raíz a la que  golpeó con todas sus fuerzas.
Acción estúpida por su parte, pues le provocó un dolor intenso a la altura del tobillo y que volviese a maldecir mientras intentaba volver a caminar con normalidad.
“Lo ayudaré” pensó Zhetta con firmeza antes de dirigirse hacia él, no sin antes haber echado una buena serie de risas silenciosas a su costa.
Anthony la olió antes que la vio.
Mejor dicho, no fue hasta que la tuvo delante de sí mismo con su cesta en la mano cuando comprobó que el pestazo a mierda provenía de esa… ¿mujer?
¿Qué demonios hacia una mujer vestida de semejante manera?
Y por Dios ¿es que no era lo suficientemente grandecita como para haber aprendido a no hacérselo encima?
“Puede que tenga cierto retraso…” pensó, arrepentido por haberse enfadado con ella sin saber ese dato de vital importancia en la comprensión y opinión de la chica.
Ignorando el ofrecimiento, comenzó a trazar círculos alrededor de ella y de forma muy disimulada le miró el trasero. Para su sorpresa, estaba como el resto de su vestimenta. Impoluto.
“Entonces ¿de dónde demonios sale para oler como huele?” se preguntó. “¿De un criadero de mofetas?” añadió, bastante disgustado por el olor que desprendía mientras olfateaba a su alrededor para identificar cuál era el olor específico.
-          Creo que esto es suyo – dijo Zhetta, molesta.
Podía entender su confusión al estar sin una mancha en la ropa pero oliendo a perros muertos combinado con huevos podridos pero… ¡que dijera algo! ¿no? O ¡que cogiera su cesta de una buena vez!
“Huele a mierda” pensó. “ A mierda de animal” añadió enfadado. “Incomprensible e inexplicablemente huele a mierda” se repitió para convencerse de ello. “Y cuanto más tiempo pases a su lado, más se te pegará el olor a ti y no sabes si hay troncos o leña para hacer fuego y poner a cocer agua caliente para una tina” se recordó.
Dicho pensamiento le enfadó.
Y se sumó a la lista de episodios tragicómicos de su día que le provocaban que la sangre le hirviese. Por eso, con un gesto brusco le arrancó la cesta de las manos y se la colgó del brazo mientras echó a andar.
Durante un corto período de tiempo, Zhetta se quedó esperando un gracias que nunca llegó. Pero ella no iba a darse por vencida, había reali…raeli… hecho una buena acción y ella quería su agrade…adrag… su reconoc… renoc… ella quería su gracias. Punto.
Además, seguía dándole lástima que solo usara un brazo.
Pero como lo llevaba vendado no sabía si nunca jamás lo usaría o si solo era por un tiempo. Contenta porque podría ser un buen inicio de conver…conser… de charla, le tocó en el hombro y …
“¡NO!” gritó su mente. “No vengas” añadió. “¡Ni se te ocurra acercarte!” concluyó, mentalmente. “Aquí está, la mujer mofeta” pensó al sentir que le tocaba el hombro. “¿Es que no se ha dado por aludida que la quiero lejos de mí al ignorarla?” se preguntó, bastante enfadado.
Y traslado su enfado a la situación real cuando le ladró de forma seca:
-          ¿Qué? –
-          Quiero mi gracias – le respondió Zhetta.
-          ¿Cómo? – le preguntó sorprendido.
-          Que quiero mi gracias – repitió. – Estaba en apuros con su comida y le di la cesta – le recordó. – Es justo, es una buena acción y quiero mi gracias – le exigió altiva.
-          Pues ni pienso… - dijo, apretando el puño del brazo que tenía vendado cuando el desagradable olor le golpeó de lleno en las fosas nasales.
-          ¿Es usted impálido? –le preguntó curiosa al ver cómo intentaba apretar el puño pese a tener el brazo vendado.
-          ¿Cómo dices? – le preguntó enarcando la ceja.
-          Que si es usted impálido – repitió “¿Es sordo o solo tonto?” se preguntó ella. – Ya sabe, esas personas que no pueden mover partes de su cuerpo desde nacim…namic… que nacieron o por un accid…adic… por una tragedia, impálido – repitió.
-          Se dice inválido – corrigió Anthony, utilizando el tono académico de Penélope. – O si quieres usar un eufemismo, la palabra que buscas es impedido – añadió de la misma manera. – Inválido o impedido – repitió. – Pero en ningún caso impálido – le hizo saber. – Estúpida – murmuró, dándole las esplada y volviendo a caminar otra vez.
“¡Esto es el colmo!”exclamó la paciencia de Zhetta; que no solía ser mucha. “Primero no te da las gracias y ahora te insulta” le recordó. “¿Es que vas a dejar las cosas así?” se preguntó y retó al mismo tiempo.
Desde luego que no.
En dos zancadas se colocó a su altura y se interpuso en su camino acusándole.
-          Oiga usted señor impálido, me importa muy poco si se dice inval… imped…¡mi culo! – exclamó harta. – Intenté ser simpá…agrad… ¡mi culo cómo se diga! – volvió a exclamar con aspavientos en los brazos. – Intenté ser buena persona con usted porque tiene solo un brazo y le recogí sus cosas, yo solo quería un gracias y usted me insulta. Es usted el foras… fras… fraos…- se atrancó de tan enfadada como estaba.
-          Fo-ras-te-ro – le dijo él sílaba por sílaba. – Forastero – repitió, suspirando porque el daño ya era irremediable y el olor a mierda había impregnado también sus ropas. – Puede que tengas razón y que no sea el paradigma de la simpatía pero hoy no es mi mejor día y ahora gracias a ti además huelo a mierda – le informó, con una mirada condescendiente. – Si me disculpas…me iré a casa a darme un baño caliente, cosa que tú también deberías hacer – le recomendó antes de añadir. – Hembrito -. Y ante la mirada de incomprensión que ella le lanzó, le explicó, irónico, sonriente y superior: - Ya sabes, esas personas que no saben si son hombres o hembras -
 “¡Gilipollas!” gritó su mente. Quizás la única palabra de más de cuatro sílabas que era capaz de decir bien. Una palabra que  por cierto hacía años que no decía. “Gilipollas, gilipollas, gilipollas, gilipollas…¡bastardo!” gritó.
Su primer impulso y acto reflejo fue golpearle.
Pero entonces recordó lo que su madre le decía de pequeña acerca de pegar al que no puede devolver el golpe por ser más débil que uno mismo y se detuvo a escasos cinso centímetros de su rostro.
Era tal la furia que sentía en ese momento y la mezcla de pensamientos positivos y negativos que intentaban convencerla a la vez que su mano temblaba tanto como si estuviera helada de frío o como había visto ella que temblaban en algunas ocasiones a personas que eran ya muy maduras.
Al final decidió no golpearle.
Era demasiado obvio.
Pero sí que se vengó pagándole con una moneda parecida a su buena acción.
Con un movimiento rápido e inesperado de sus manos (ejercitado a base de concederse caprichos) le quito la bolsa de la compra, inició una breve carrerilla y le dio el puntapié más fuerte de todos los que había dado en su vida; (descargando toda su rabia acumulada con ese gesto) a la misma, provocando que el contenido que ésta guardaba y que era el que menos dañado había resultado en la primera caído saliese volando por los aires. Algunos incluso fueron a parar a los campos de trigo situados a más de 100m del lugar donde se encontraban y por tanto, perdidos para siempre.
Orgullosa de sí misma, se giró para enfrentar el hombre solo cuando observó como el último de los alimentos de la bolsa (que pareció ser un tomate) se perdía en el horizonte. Tras eso, ejecutó una forzada reverencia extendiendo los brazos lo más que pudo y dijo mal a propósito con una sonrisa de oreja a oreja:
-          Señor, le deseo una agarblade ajolamienta en Clun –
Tras eso, silbó y un Anthony completamente boquiabierto e incapaz de reaccionar observó cómo una burra con las alforjas llenas a rebosar vino corriendo a toda velocidad y sobre todo, cómo la dueña; la mujer que le había devuelto la cesta pero le había hecho desaparecer la bolsa de su compra, se montaba en ella de un solo salto y la montaba a pelo y a horcajadas mientras cogió al vuelo su sombrero de paja que salió volando del impulso que había realizado.
Juntas, ambas burras se perdieron en la lejanía, escondidas tras una enorme nube de polvo.