La fortuna no fue tan mala con él como cabría esperar
después de su comportamiento y le concedió el “regalo” del regreso de la bolsa
de papel almacenadora y contenedora a sus pies casi en el mismo estado en que
él la sacó de la tienda. Es decir, sin ningún gran agujero hecho por la patada
de la mujer que la hubiese convertido en inservible. El único desperfecto
visible fue que estaba mucho más arrugada.
Antes de que saliera volando, se agachó y la guardó en la
cesta por si acaso, ya que nunca sabía cuándo podría serle útil…
Y le fue útil antes de lo que pensaba, pues no había
empezado a caminar muy bien por el sendero que le guiaba de vuelta a su casa
cuando sus pequeñas frutas y hortalizas comenzaron a hacer acto de presencia
frente a él una a una con la única excepción de las zanahorias; que gracias a
la cuerda que las había atado por las hojas las había mantenido unidas.
Tardó el doble de tiempo en regresar a su casa que en ir al
pueblo pero sin duda merecieron la pena todos los altos y paradas en el camino para
recoger su compra porque cuando entró la residencia Harper la mitad de la bolsa
estaba llena.
No estaba llena pero… podía darse por satisfecho.
Y ese fue su último pensamiento del día antes de dormirse.
Durante las dos semanas siguientes se dedicó a realizar las
actividades obligatorias que había planeado para su estancia allí; tanto las
obligatorias como las que quiso hacer por gusto.
Pese a que el castillo estaba en ruinas, lo cual en su
opinión era una verdadera lástima, las vistas que dicho montículo ofrecía eran
espectaculares. Dignas del mejor paisajista y pintor de toda Gran Bretaña.
Inevitablemente, se vio asaltado por un sentimiento de territorialidad y
posesión para con ese lugar y, golpeándose el pecho con el puño emitió un grito
gutural que hasta a él le asustó al escucharlo amplificado con el eco. La
segunda cosa que tampoco pudo evitar fue intentar ubicar su casa entre todas
las pequeñas manchas en la lejanía. No le costó trabajo ya que era más grande
que el resto y estaba apartada del gran conjunto de edificios que conformaba el
pueblo; perfectamente ubicado gracias al río y al puente. Sin embargo, no fue
eso lo que captó su atención, lo que relamente lo hizo fue observar cómo una
figura (que por tamaño, complexión y movimiento) no paraba quieta justo en la
casa de al lado.
Lo cual significaba que la casa estaba ocupada y que tenía
vecinos, en contra de lo que había pensado hasta ese instante pues, la ausencia
de pruebas vitales parecían indicar precisamente lo contrario. Es decir, que no
había nadie.
“Un día tendrás que ir a conocer a tus vecinos” se dijo.
A grandes rasgos podría decirse que intentó llevar una vida
lo más normal y parecida posible a la que llevaba en Londres, con la enorme
diferencia de que Clun no era la capital británica y nunca jamás lo sería.
Aunque sí que hubo algo que intentó evitar por todos los
medios: ir de nuevo al pueblo a hacer la compra. Desde esa primera e infausta
ocasión que tan impactado le había dejado y con la que a veces tenía pesadillas
de tomates golpeándole en la cabeza había decidido que no sería él quien fuera
a hacer la compra.
Mandaba a su cochero, que para eso estaba además de para
hacerle compañía. No obstante, si él le había cogido gusto a la cama blandita y
calentita y a la almohada hecha de plumas de oca (lo descubrió cuando la
sacudió de forma muy violenta y algunas salieron de su interior) de la
habitación de esa casa, su cochero no le iba a la zaga y se había
(mal)acostumbrado a hacer el vago.
Por eso, en más de una ocasión le había tocado ser él el
proveedor y el abastecedor de suministros; teniendo que ir al pueblo sí o sí
para evitar morir de inanición.
Eso sí, si tenía que ir al pueblo evitaba de todas las
maneras posibles (aunque eso conllevara perderse. Porque sí, se había perdido
entre las calles de un pueblo tan pequeño como Clun más de cinco veces) repetir
la ruta y tomar las mismas calles que utilizó y cruzó el día del famoso
encuentro con la mujer desconocida.
¿Por qué?
Precisamente por dicha mujer desconocida.
No quería volver a encontrársela.
En realidad no quería tener nada que ver con ella.
No solo por temor a su reacción ante un nuevo e inesperado
encuentro por su parte sino porque su conciencia le dictaba que en el mismo
instante en que volviera a verla, debía disculparse con ella.
¡Disculparse!
¡Él!
Algo que nunca había hecho en sus treinta y cinco años de
vida y continuaría sin hacer. Para empezar porque no sabía cómo hacerlo y para
continuar, sólo se disculparía con ella si era ella quien daba el primer paso y
reconocía su mal comportamiento con él por lo de la bolsa.
Sabía de antemano que
era pedir demasiado e incluso, puede que la estuviera forzando ya que, al fin y
al cabo la patada y el desperdigamiento de sus alimentos obedeció y fue una
reacción a los insultos y al maltrato que él le había dado antes pero era un
Harper.
Un Harper testarudo y cabezota que jamás daba su brazo a
torcer y reconocía sus errores a la primera.
Ese era el motivo por el cual rezaba por no encontrársela
(pese a no ser creyente) todos y cada uno de los días que iba a realizar la
compra a Clun caminando (cuando lo hacía a caballo no le importaba en absoluto
ya que siempre podía fingir no haberla visto). Rezos que alcanzaron sus cotas
máximas el día en que no le quedó más remedio que repetir trayecto tras
numerosos intentos de salida del pueblo en que dio a parar a calles cerradas.
Suspiró y con los ojos cerrados dio un paso al frente…
Nada.
O mejor dicho, nadie.
“Uff” pensó. “¡Qué alivio!” exclamó, secándose el sudor de
la frente con la manga de su chaqueta.
Un rasgo que diferenciaba a Anthony del resto de sus
hermanos aparte de los rasgos físicos; pues era el único hermano moreno de ojos
marrones y piel bronceada de los cinco frente al resto todos rubios o
pelirrojos es que, tenía un espíritu temerario.
Espíritu temerario que le había llevado a tomar la decisión
de entrar en los 8 de Bow Street pese a que le daba pánico y horrorizaba la
sangre. Ese mismo espíritu que le retaba a diario a que pasara por el punto
donde habían sucedido los hechos ante la posibilidad de un reencuentro con la
otra parte del enfrentamiento para protagonizar una segunda parte donde
resultara vencedor.
Y él que no era un cobarde aceptaba gustoso el reto.
Así, durante diez días estuvo pasando a distintas horas del
día (e incluso había veces que varias ocasiones en veinticuatro horas) con la
esperanza de verla pasar y encontrársela cara a cara de nuevo.
Esperanza, ganas e ilusiones que fueron disminuyendo según
iban transcurriendo los días al no verla hasta que acabaron desapareciendo y él
se paseaba tranquilamente por el lugar como si se tratara del señor de las
tierras por la actitud prepotente que adoptaba al caminar.
“Probablemente se tratara de una vecina de alguno de los
pueblos de alrededor que tuvo la mala fortuna de ir a Clun ese día y a esa hora
precisa” pensó Anthony. “Tanto mejor” añadió. “Así no tendré que disculparme”
concluyó.
Al contrario que con la mujer del encontronazo; a quien no
había vuelto a ver desde el día de los hechos, a quien sí que veía y a diario además desde que los distinguiera
la primera vez desde lo alto de la
colina era a sus vecinos. Corrección vecina.
Pues resultó ser al final una mujer la persona que vivía
justo a su lado, viuda o casado con un comerciante porque nunca vio a ningún
hombre en la casa. En realidad a ella tampoco la veía bien y tampoco la había
conocido personalmente. Lo cierto era que la espiaba. En cuanto la veía salir
al patio trasero o jardín delantero de su casa, él se asomaba descaradamente a
la ventana para observarla con atención, y con toda la intención de que una de
esas veces ella se girara o levantara la cabeza y le invitase a su casa para
poder verla.
Pero eso nunca sucedía.
Ella estaba tan concentrada y ensimismada en sus quehaceres
que no era consciente de que estaba siendo estudiada.
Y él se sentía, estúpidamente como el protagonista de un
amor cortés medieval.
Con ello se conformaba.
Aunque había que decir que su dama tenía los horarios
domésticos más extraños que nunca había conocido porque ya la había descubierto
varias veces sacudiendo o tendiendo la ropa varias veces bien entrada la noche.
¿Es que no tenía día suficiente?
¿Qué demonios hacía entonces por la mañana?
¿Cuántas horas de sueño diarias necesitaba?
¿Es que acaso era un vampiro, como la protagonista de
Carmilla?
Y he aquí lo curioso de la situación; no que se pasara mucho
tiempo espiando a una persona, pues desgraciadamente esa era una actividad muy
habitual en su trabajo. Lo curioso de este caso era que por primera vez en su
vida lo estaba haciendo por puro interés personal y porque sin que sirviera de
precedentes, una mujer le había dejado intrigado y deseoso por conocerla más.
“Quizás la mujer para ti esté en Clun” recordó las palabras
de su padre.
¡Tonterías!
¡Era una obsesión!
Puro y simple afán de conocimiento.
Como cuando trabajaba en un nuevo caso. Cierto, esto no era
un caso pero era muy parecido.
Su curiosidad desaparecería en cuanto la conociese en
persona.
Y lo haría.
¡Vaya si lo haría!
Era una de las tareas que añadió a la lista de acciones a
realizar durante su estancia en Clun.
No obstante no podía ir hasta su puerta, presentarse y
comenzar a charlas a las primeras de cambio.
No.
Básicamente porque nunca lo había hecho. De hecho, el escaso
número de mujeres que había conocido a lo largo de su vida le habían sido
presentadas y eso significaba que él no había tenido que dar el primer y más
importante paso.
Era una verdadera suerte que su oficio fuera el que era
porque utilizaría sus tácticas de investigación y persuasión para conocer
información acerca de su vecina sin que el o la susodicha se diera cuenta para
así, cuando diese el primer paso la conociera algo y partiese con ventaja.
Conocía a la persona indicada para ello.
Allí se dirigió presto.
Solo cuando salió a la calle se dio cuenta del mal estado en
que se encontraba su jardín delantero tras dos semanas sin cuidados.
Las preguntas que le surgieron fueron: ¿qué pasaba, que
mientras estuviera la casa ocupada se presuponía que el morador era el encargado
del mismo? Pues iban listos, porque él no tenía ni idea de jardinería y ¿dónde demonios
estaba el jardinero? ¿Se había tomado vacaciones o se había puesto enfermo
quizás?
También lo descubriría pronto.
La persona que Anthony tenía en mente para que le revelase
tan valiosísima información resultó ser ni más ni menos que el joven tendero
local; el que trabajaba en la tienda Dormer y que tenía pinta de ser el cotilla
oficial del pueblo. Tienda que por otra parte se había convertido en su
abastecedora de provisiones temporal para su estancia en Clun. Así que… ¿qué
menos que devolverle el favor con un poco de información?
“Quid pro quo” pensó antes de entrar.
-
Otra vez por aquí…- se pensó cómo continuar y
concluir la pregunta, recordando justo en ese momento que no sabía el nombre
que desde hacía un par de semanas venía casi a diario a comprar a la tienda. -
… ¿señor? – le preguntó, dubitativo.
-
Llámame Anthony – le respondió él con una
sonrisa para ayudarle a despejar las dudas y relajando la expresión de su
rostro al haber conseguido no ser él el primero en romper el hielo.
-
De acuerdo Anthony – dijo asintiendo y
recordándose el nombre al pronunciarlo de forma mental muchas veces
seguidas. – Soy Marcus Dormer, como
podrás suponer – se presentó. - ¿En qué puedo ayudarte? – le preguntó. - ¿Vives por aquí cerca? ¿Acabas de llegar? –
quiso saber. - Y si no acabas de llegar ¿Cómo es que no te he visto por aquí
antes? – concluyó su interrogatorio.
“Sabía que eras un cotilla…” pensó con satisfacción. “Y
claro que vas a ayudarme. Más de lo que tú piensas…” añadió.
-
Acabo de llegar como bien dices – le dijo. – Pero… mi familia está relacionada con el
pueblo – añadió. – Mi casa es, de hecho, la grande que está a las afueras – le
explicó, fastidiado al no poder darle más detalles sobre su casa y confuso porque
la casa principal del marquesado de Harper no tuviera un nombre oficial o uno
informal; pues su padre era un obseso a la hora de poner nombre a las cosas
recién adquiridas.
-
Pero ahí… - inició Marcus la frase con el ceño
fruncido. – Esa es la casa del marqués de Harper – le informó.
“Había olvidado que eras un
cotilla” le dijo mentalmente con tono acusador. “Y como buen cotilla OBVIAMENTE
tienes que saber dónde vive todo el mundo” añadió.
Justo en ese preciso instante se
dio cuenta de que el hombre joven regente de la tienda no iba a caerle bien.
Demasiado afán de conocimiento por la vida de los demás. Lo cual no era sino un
fiel reflejo de lo aburrida y tediosa que era la suya, por otra parte. Y la
privacidad era algo que Anthony valoraba bastante. Quizás por encima del resto
de cosas.
-
Lo sé – dijo. – Sé que es la casa de lord Edward
Harper marqués de Harper – repitió, para dejárselo bien claro.- Sobre todo porque
yo soy Anthony Harper, su primogénito – recalcó. – Y en algún punto de mi vida
esa casa será mía – concluyó.
-
¿Us…us…usted es el hijo mayor del marqués? –
preguntó Marcos sorprendido.
-
¡Vaya! – exclamó, con la boca abierta. – Hemos
oído hablar mucho de usted – le informó. – Pero no se parece en nada a la
imagen que nos habíamos hecho de ti por las historias que Edwie nos contaba… -
explicó, aun sorprendido.
“Un momento, un momento, un
momento… ¿Edwie?” se preguntó sorprendido ahora él. “¿Este hombre llamaba a su
padre Edwie? ¿Edwie?” volvió a repetir.
“Al famoso capitán del ejército temido en el continente por su fiereza en las
batallas este mindundi le llamaba Edwie?” Rió mentalmente por el exceso de
confianza que el tendero se tomaba a la hora de tratar con las personas,
especialmente con las que eran bastante más mayores que él y por edad podrían
ser su propio padre. Si su padre se enterara…
Porque Edwie era un nombre que
los habitantes del lugar le habían puesto. Su padre no iba a sugerir a esa
buena gente que le llamaran de esa manera ¿verdad?.
Otro pensamiento del que Marcus
involuntariamente e había informado y que tendría que dejar para otra ocasión
hacía referencia a su persona. ¿Qué era eso de que su padre hablaba de él? ¿Qué
historias sobre su persona les contaba a esos desconocidos? “Para más tarde Anthony” se recordó. “La
mujer” se dijo. “Concéntrate en la mujer” repitió.
-
Lamento desilusionarte pero yo soy su hijo
Anthony y actualmente estoy viviendo en su casa – le informó. – Y hablando de
mi casa ¿sabes si le ocurre algo al jardinero o a la persona encargada de
cuidar mis jardines? – le preguntó. – Hace ya dos semanas que no aparece por mi
casa y, como comprenderás el estado de los mismos no es el más adecuado… - dejó
caer.
-
¿Zhetta no ha ido a cuidar de sus jardines? –
preguntó Marcus boquiabierto.
-
No – le respondió. – No sé quién es ese Zhetta
del que me hablas pero… no, en dos semanas no ha aparecido por mi casa y,
obviamente tampoco ha cuidado de mi jardín – añadió.
“¿Ese Zhetta?” se preguntó
Marcus. “¿Cree que Zhetta es un chico?” añadió, divertido. “Vamos a hacer que
el hombre de ciudad pase un rato divertido…” pensó, de forma maliciosa.
-
¿Ha ido por casualidad a decirle que, aunque
usted esté viviendo en la casa quiere que se siga encargando del cuidado de los
jardines? – añadió, con una sonrisa.
-
No – reconoció. Y era cierto. No había pensado
siquiera en esa posibilidad. Claro que tampoco sabía donde vivía ese Zhetta,
así que aunque hubiese querido, tampoco habría podido hacerlo. – Verás… es que
no sé donde vive nuestro amigo Zhetta… - confesó, apoyándose sobre el mostrador
de la tienda, dejando caer por su tono de voz una exigencia de más información.
-
Es fácil – le respondió Marcus. – Vive justo al
lado de su casa – añadió, cruzándose de brazos.
-
¿Zhetta es mi vecino? – le preguntó,
sorprendido, confundido y algo decepcionado.
Las tres reacciones provocadas
porque durante el tiempo que había estado espiando la casa de al lado
únicamente había visto a una mujer.
Una mujer. Ningún hombre.
“Paciencia Thon” se dijo. “Puede
que solo sea su hermano y la mujer misteriosa continúe soltera. Aún hay
esperanza” añadió.
-
Sí – respondió Marcus. – Vive justo a su lado –
añadió. – Y si quiere que vuelva a encargarse de su jardín no tiene más que ir
a su casa y decírselo – concluyó.
-
Muchas gracias Marcus – dijo, antes de marcharse
de la tienda justo con lo que quería; algo de información.
No era la información que él se había imaginado, pero al
menos era algo.
Solo cuando estaba en la puerta, Marcus le llamó.
-
¡Anthony espera! -. El aludido se dio la vuelta
y él añadió: - Cuando vayas a verla pregunta por la señora Zhetta -.
Anthony frunció el entrecejo, ya sí que desilusionado.
Señora Zhetta.
Señora.
Indicador de su estado civil y religioso.
Estado civil y religioso: casada.
-
¿Señora Zhetta? – le preguntó para asegurarse. -
¿Es que está casada? – quiso saber, preguntando como si no estuviera interesado
en ese detalle.
-
¡Oh no! – exclamó. – No, no, no, no, no, no, no
– añadió.- Es solo una manera de burlarse de ella y su soltería por los más
viejos del lugar – explicó.
“Soltera ¿eh?” se pregunto. “Mucho mejor” añadió satisfecho.
-
Muchas gracias Marcus – repitió Thon.
“Aún no he acabado contigo, señorito” añadió Marcus mientras
reía mentalmente.
-
Pero tú no eres un hombre anciano – añadió,
provocando que nuevamente se girase en su dirección. – No sería lógico por
tanto que la llamases de esa manera - le
informó. – Creo que tú deberías llamarla como lo hacemos los más jóvenes, Cachu
– agregó.
-
¿Cachu? – le preguntó confundido ante una
palabra tan extraña. - ¿Por qué no la llamáis miss Zhetta y aprovechais su apellido?
– le preguntó. – Es original – añadió.
-
Zhetta no es su apellido – le informó.
-
¿No? – preguntó, sorprendido. – Entonces ¿qué
es? ¿Una especie de mote o apodo cariñoso? – quiso saber.
-
Eh… sí – respondió aguantando la risa. – Aunque
prefiere que le llamen Cachu – añadió. – Y si quieres que te arregle el jardín
te aconsejo que la llames Cachu, no miss Zhetta o señora Zhetta - dijo. – Simplemente Cachu – repitió,
intentando parecer serio.
-
La llamaré Cachu pues – dijo Anthony, plenamente
confiado sobre las palabras de Marcus. – Muchas gracias Marcus – dijo una
tercera vez.
A la tercera fue la vencida y en
esa ocasión, abandonó la tienda.
-
No sabes la que te espera – murmuró Marcus
riendo ya a carcajadas.
A Anthony Harper le gustaba caminar.
Le gustaba caminar mucho.
Así lo demostraban los paseos diarios que realizaba hasta el
pueblo y para conocer los alredores.
Entonces ¿por qué le costaba tanto trabajo iniciar el camino
para visitar a su vecino y conocer a Cachu?
¡Si su casa estaba a 50 metros solo!
Él mismo se proporcionó la respuesta a esa pregunta: estaba
nervioso.
Nervioso como no había estado nunca ante la perspectiva de
conocer a una mujer.
Básicamente porque nunca conocido a una mujer por propia
iniciativa.
En ese caso los nervios sí que estaban justificados.
“¿Es que acaso eres un gallina?” se preguntó, burlándose de
sí mismo. “La cobardía no es una característica en los ocho de Bow Street…”
dejó caer.
Y fue suficiente porque tras emitir un gruñido y girar un
¡qué demonios! Para infundirse valor, se encaminó con paso firme a la casa que
tenía justo al lado de la suya…
¡Pum, pum, pum!
Zhetta se removió, perezosa en la cama.
¡Pum, pum, pum!
“No puede ser” se dijo. “Continúa durmiendo” se ordenó.
¡Pum pum pum!
Posó su mano sobre los ojos y la descendió ejerciendo fuerza
sobre su rostro para quitarse las legañas con esa acción y poder ver mejor la
hora que marcaban las agujas de su reloj; objeto cuya cadena había cogido a
tientas del pitote del cabecero de su cama.
-
No puede ser – dijo con fastidio al mirarlo.
¡Sólo eran las once y media de la mañana!
De acuerdo, sí. Era bastante
tarde y para nada era la hora habitual a la que solía levantarse por las
mañanas, rayando el alba pero precisamente por eso ella adoraba estos días.
Esos días en que no tenía que realizar
ninguna tarea agríc…agirc…de la tierra, hortic…hirtoc…de los huertos o
gana…naga…con animales ayudando a las distintas personas
propie…porpie…porpei…dueñas del pueblo y sólo tenía que concen…cecon… estar
pendiente de sus propios animales y su
pequeño huerto.
Y por tanto, podía quedarse hasta bien entrada la mañana en
la cama.
Sin interr…entirr… sin que nadie la moles…melos…¡dejándola
tranquila!
¡Pum, pum, pum!
O eso creía.
-
¡Va! – gritó lo más fuerte que pudo, dando un
respingo por lo ronca que sonó su voz., ya despierta del todo.
Suspiró, se puso la bata por encima de la camisola y
calzones largos masculinos que usaba por pijama y ando, medio muerta chocándose
contra las paredes de la casa para ir a abrir la puerta.
¡Pum, pum, pum!
-
¡Va! – volvió a gritar como la primera vez. -
¡Va! – repitió.
Y ante una nueva ronda de golpes respondió:
-
¡Va, va, va! – gritó mientras caminaba más
deprisa. - ¡Dios! – gruñó.
-
¿Es que no me oyes cuando te grito? – le
preguntó, abriendo a puerta de repente, bastante enfadada.
-
Tú –dijo Anthony en un susurro, paralizado por
la visión que acababa de tener.
-
Mierda – dijo Zhetta al descubrir la identidad
de la persona que había llamado de esa manera a la puerta. “De todas las
personas del mundo, ha tenido que ser él precisamente” pensó con fastidio
mientras le miraba con furia. “Cachu…” añadió.
Inmediatamente se imaginó una
lluvia de tomates lanzado por ella cayendo sobre su cabeza, tal y como en sus
pesadillas.
No fue una lluvia de tomates lo
que impactó sobre él, aunque hubo algo que sí que chocó directamente contra su
cuello y comenzó a moverse nervioso por todo su cuerpo, olfateándole y
mordiéndole a su paso.
-
Wingers – dijo una orgullosa Zhetta. “¿Quién
dijo que el perro era el mejor amigo del hombre?” se preguntó. “Está claro que
no conoce al conejo” añadió, cruzándose de brazos mientras sonreía y aprobaba
satisfecha la escena que estaba sucediendo delante de sus ojos.
Había otro motivo por el cual se
había cruzado de brazos. Era incapaz de hacer nada más. La visión de ese hombre
frente a su puerta la había dejado obnubi… bonubi…bínubo… bloqueda y sin saber
cómo reacc… qué hacer o qué decir.
Su mente era una historia aparte
porque dos preguntas se hizo al verlo ahí plantado: ¿cómo había dado con ella?
O mejor…¿quién se lo había dicho?
La respuesta a su segunda pregunta apareció en forma de
imagen en su mente. Solo podían haber sido dos personas. Familia. Padre e hijo
para más señas. Brad o Marcus Dormer; los cotillas (y tenderos) del pueblo.
“Tenderos que acababan de perder un cliente” pensó con los dientes apretados.
Solo entonces recordó y vio la
lucha entre hombre y animal ante sus ojos y decidió quitarle de encima a su
listísimo conejo; tan listo que había hecho lo que ella mismo quiso hacer y por
educa…ecadu…cortesía no pudo.
Además, no quería que la
denun…dunen…que le pusiera una queja ante el encargado del orden del pueblo;
Kirk Gunn.
Con él en las manos se dirigió de forma brusca hacia su
visit..sivit… hacia el himbre en su puerta.
-
¿Qué? -.
-
¿Qué? – le preguntó sorprendido. - ¿Qué? –
volvió a preguntar aún más alto. . ¿Solo vas a decirme qué? – recalcó. - ¡Tú
conejo me ha atacado! – exclamó acusado con el dedo al ahora tranquilo y manso
conejo marrón con una mancha blanca en la frente en brazos de su dueña.
-
Algo le habrás hecho – le replicó. – Suele
portarse bien – añadió. Justo en ese momento, le arañó en su mano para pedirle
que le pusiera en el suelo. – Cachu… - maldijo entre dientes.
-
¿Lo ves? – le echó en cara él. - ¡Cachu! - exclamó
al escuchar el nombre que él deseaba oír, señalándola.
-
¿Cachu? – se preguntó sorprendida, con ojos y
boca abiertos señalándose. - ¡Cachu mi culo! – exclamó enfadada. – ¡No voy a
permitir que me digas palabras feas en mi casa! – añadió, entrecerrando los
ojos.
-
Pero ¿qué dices? – le preguntó confundido. –
Estás loca – añadió. - ¡Yo no ge he insultado! – exclamó, pronunciando con
especial énfasis la última palabra para hacerle saber que él sí era capaz de
pronunciar palabras largas.
-
Acabas de
hacerlo – dijo. – Me llamaste loca – añadió, cerrándole la puerta.
-
¡Espera! – exclamó, poniendo como obstáculo su
brazo vendado. – Yo lo que busco es a Cachi en tu casa – le explicó, con un
tono de voz similar al que usaba para explicarle las cosas a sus sobrinas.
-
¿Quieres dejar de decirme o sugerir que hay
mierda en mi casa? – le preguntó ejerciendo presión sobre la puerta para
cerrarla y acercándose a él.
-
¿Mierda? – preguntó él, enarcando una ceja y sin
comprender.
-
Sí, mierda
- respondió. Ella. – Cachu – añadió.
-
¿Cachu es mierda? – preguntó él sorprendido y
avergonzado ante su nueva metedura de pata con ella. Esta vez sin ninguna
intención.
“Aunque por otra parte en tu
caso, no estaría del todo mal que la llamaras Cachu por cómo olía cuando la
conociste…” se recordó. “ Borra y abandona inmediatamente esa líea de
pensamiento” se ordenó a sí mismo.
-
Cachu es mierda en galés – le explicó ella,
antes de sonreírla e intentar cerrale por segunda vez la puerta.
-
¡Yo no lo sabía! – exclamó él inmediatamente,
levantando el brazo en señal de inocencia. – Solo seguía órdenes de Marcus
Dormer – le explicó. – ¡Lo juro! – añadió.
“Ahí está” pensó sonriente al
escuchar el nombre del culpable. “Marcus Dormer” se recordó. “Voy a matarlo”
aseguró. “Así dejara de burlarse de mí para siempre” concluyó. “Lo mataré… en
cuanto este pesado se marche” decidió.
-
En realidad yo buscaba a la señora Zhetta – le
explicó, ahora dudando que ese nombre tampoco significara nada ofensivo, sobre
todo por su experiencia anterior y por la persona que se lo había dicho.
Al escuchar ese nombre, Zhetta se
irguió poderosa y le preguntó, con tono exigente:
-
¿Para qué la quieres? –
-
¿No es obvio? – le preguntó él. – Para hablar -.
-
No está – le respondió seria, ejerciendo a la
perfección de perro guardián.
-
¿Por qué será que no te creo? – le preguntó él.
-
Me da igual si me crees o no – dijo, nuevamente
concentrando sus fuerzas en la puerta.
-
Es bueno perdonar ¿sabes? – le preguntó haciendo
alusión directa con estas palabras a su incidente del otro día. – En algún lugar de la Biblia dice que hay que
saber poner la doble mejilla – le recordó.
-
Y también hay un dicho popular que dice que
recti…ricte…-. Suspiró mientras dijo mentalmente: “Es rectificar” “Rectificar”
repirtió. “Vamos, tú puedes hacerlo” – Rectificar – consiguió decir mientras
seguía la pronunciación mental-. Es de sabios- concluyo, dejándole boquiabierto
por haberlo conseguido en tan pocos intentos.
-
Está bien – concedió. – Te pediré disculpas… -
-
¡Bien! – le respondió ella, feliz.
-
… Si tú también me las pides a mí en nombre de
tu conejo – concluyó la frase y dándose cuenta de lo estúpida que sonaba como excusa
o argumento replicatorio.
-
¿Qué? –
bramó ella. – no voy pedirte perdón en nombre de mi conejo – negó, rotunda.
-
Entonces yo tampoco te lo pediré a ti – le respondió
él.
-
Pues entonces no hablarás con la señora Zhetta –
le replicó ella.
-
¿Sabes qué? – le preguntó. - ¡Déjalo! – exclamó,
haciendo gestos con su mano. – Volveré en otro momento en que tú no estés de
visita y ejerciendo de perro guardián para poder hablar con ella – le dijo,
dándose de vuelta e iniciando el camino de vuelta a su casa.
-
¡Tendrás que esperar sentado mucho tiempo amigo!
– exclamó ella a voces. - ¡Yo soy tu señora Zhetta! – añadió, saboreando el
momento de antici…anciti…momentos antes de ver su reacción y cómo le rompía los
esquemas con su confesión.
Al escuchar esas palabras,
Anthony se dio la vuelta y en dos zancadas volvió a plantarse frente a ella:
-
¿Podrías repetir lo que acabas de decirme, por
favor? – le preguntó de forma educada.
-
Yo soy tu señora Zhetta – repitió. – Seño…soñé… Soltera
– rectificó. – Zhetta – concluyó, altiva y orgullosa señalándose con ambas
manos.
Horrorizado ante semejante
información, Anthony se alejó de ella con un salto y se mantuvo en silencio un
rato, provocando a su vez que ella también callara.
Fue tal laausencia de
comunicación entre ambas partes que, se distinguían a la perfección los
diferentes sonidos pertenecientes a especies distintas de aves que cantaron en
ese intervalo temporal.
Hasta que…
Hasta que el silencio fue roto por una sonora carcajada de
Anthony Harper.
-
¿Te llamas Zhetta? – le preguntó, incrédulo aunque
incapaz de dejar de reír. - ¿Te llamas Zhetta? – volvió a preguntarle para
asegurarse de que no era una nueva tomadura de pelo. – Ahora de verdad – dijo,
repentinamente serio. - ¿Te llamas Zhetta? – le preguntó por tercera vez
seguida en lo que llevaban de conservación.
Zhetta asintió mientras le miraban con los ojos
entrecerrados y lanzando chispas por ellos.
Anthony en cambio, volvió a romper a reír al confirmar el
nombre.
¡Se llamaba Zhetta!
¡Zhetta!
¡Era el nombre más estúpido y feo de todos los que había
escuchado en su vida!
Pero…era una tontería guardarse para sí, sus opiniones.
Debía hacérselo saber.
-
Te llamas Zhetta - dijo intentando contener la
risa, aunque inevitablemente se la provocaba.
No obstante, la detuvo cuando
vio el gesto serio en su rostro.
- ¿Te
llamas Zhetta? -le preguntó, completamente sorprendido.
Ella asintió nuevamente.
-
Por cuarta vez y todas las que vengan después, sí - respondió. - ¡Sí! – repitió, bastante harta
del cachondeo que su nombre le provoc…porvoc… le estaba causando.
Y él, se echó a reír a carcajadas por
segunda vez..
- ¡Zhetta! - exclamó señalándola. - ¡Zhetta! - repitió sin dejar de reír y siguiendo al pie de la letra sus pensamientos anteriores. - ¡Venga hombre! – protestó, ahora ya serio, incrédulo aún. - Y ¿por qué no y griega? - le preguntó. - ¿O equis? - añadió con tono burlón. - No ¡espera espera! - añadió, con el dedo índice levantado hacia arriba. - ¿Por qué no hache? - volvió a preguntar sin dejar de reír. - ¡Ay Dios! - exclamó. - ¡Qué poco debían quererte tus padres para ponerte un nombre así! - añadió, mordiéndose el labio para detener sus carcajadas. - Solo por curiosidad ¿cuál es tu segundo nombre? - quiso saber. - Porque no creo que pueda estropearse más que llamándose zeta... - dejó caer.
- Mira señor mano tonta – dijo interrumpiendo sus tonterías con su nombre como tema central y orgullosa de sí misma al haber encon…conen… hallado palabras sinóni… sonino… parec…perac… simil…limis… casi iguales a impálido (o como demonios se dijera la palabra correcta… cerrocta…bien) y por tanto, por no haber metido la pata frente a él en eso y con los puños apre…pera…cerrados conte…cento…conte-niendo las ganas de darle una bofe…befo…una guantada bien dada porque era un recién llegado al pueblo.
Un gilipollas, cierto.
- ¡Zhetta! - exclamó señalándola. - ¡Zhetta! - repitió sin dejar de reír y siguiendo al pie de la letra sus pensamientos anteriores. - ¡Venga hombre! – protestó, ahora ya serio, incrédulo aún. - Y ¿por qué no y griega? - le preguntó. - ¿O equis? - añadió con tono burlón. - No ¡espera espera! - añadió, con el dedo índice levantado hacia arriba. - ¿Por qué no hache? - volvió a preguntar sin dejar de reír. - ¡Ay Dios! - exclamó. - ¡Qué poco debían quererte tus padres para ponerte un nombre así! - añadió, mordiéndose el labio para detener sus carcajadas. - Solo por curiosidad ¿cuál es tu segundo nombre? - quiso saber. - Porque no creo que pueda estropearse más que llamándose zeta... - dejó caer.
- Mira señor mano tonta – dijo interrumpiendo sus tonterías con su nombre como tema central y orgullosa de sí misma al haber encon…conen… hallado palabras sinóni… sonino… parec…perac… simil…limis… casi iguales a impálido (o como demonios se dijera la palabra correcta… cerrocta…bien) y por tanto, por no haber metido la pata frente a él en eso y con los puños apre…pera…cerrados conte…cento…conte-niendo las ganas de darle una bofe…befo…una guantada bien dada porque era un recién llegado al pueblo.
Un gilipollas, cierto.
“Otra ves esa palabra” se
regañó. “¡Él saca lo peor de mí!” exclamó la otra parte de su mente.
Pero un recién llegado al fin y al cabo.
Y las normas de hospital…hispo…cortesía y buena vecindad eran muy estrictas en el pueblo de Clun.
- Para tu informa…onfi… para que lo sepas, no tengo un segundo nombre. – le informó. Y sí, mi nombre es Zhetta - dijo. – Zhetta Caerphlly – añadió, diciéndole su nombre completo. - Zhe-tta - repitió. - Zhe- tta - dijo una vez más. - Con hache interca… inter metida entre la zeta y la -e y con doble -t - explicó. - No me llamo como la letra del abece…acebe…alfa…al-fa-be-to sino que mi nombre significa olivo y es de origen portugués - aclaró. - Y la próxima vez que nece…cenes…que me busques para algo o quieras ayuda de alguien o para algo en este pueblo no cuentes conmigo - le advirtió, amenazante. -¡Ve a pedírsela al párroco que es una obligación cristiana! - exclamó, concluyendo tan magnífica réplica cargada de palabras de cuatro sílabas pronunciadas de una sola vez cerrando la pesada puerta de su casa con la puerta en las narices por fin.
Pero un recién llegado al fin y al cabo.
Y las normas de hospital…hispo…cortesía y buena vecindad eran muy estrictas en el pueblo de Clun.
- Para tu informa…onfi… para que lo sepas, no tengo un segundo nombre. – le informó. Y sí, mi nombre es Zhetta - dijo. – Zhetta Caerphlly – añadió, diciéndole su nombre completo. - Zhe-tta - repitió. - Zhe- tta - dijo una vez más. - Con hache interca… inter metida entre la zeta y la -e y con doble -t - explicó. - No me llamo como la letra del abece…acebe…alfa…al-fa-be-to sino que mi nombre significa olivo y es de origen portugués - aclaró. - Y la próxima vez que nece…cenes…que me busques para algo o quieras ayuda de alguien o para algo en este pueblo no cuentes conmigo - le advirtió, amenazante. -¡Ve a pedírsela al párroco que es una obligación cristiana! - exclamó, concluyendo tan magnífica réplica cargada de palabras de cuatro sílabas pronunciadas de una sola vez cerrando la pesada puerta de su casa con la puerta en las narices por fin.
“Sí que iba a ser cierto que
se llamaba Zhetta” se dijo para sí mientras miraba la puerta cerrada fijamente
como si estuviera hipnotizado. “Genial” se felicitó a sí mismo con ironía.
No solo había vuelto a meter
la pata con ella y esta vez sí o sí era él el único que debía disculparse sino
que además… ¡seguía sin tener jardinero!
Hola, acabo de encontrar tu blog y me gusta mucho como escribes, he leido de un tiron los cuatro capitulos y me he divertido mucho, tengo ganas de saber como sigue.
ResponderEliminarGracias por compartir tus historias.
Un saludo
Hola Sara:
EliminarMe alegra mucho que te guste, de verdad.
Y cuando quieras puedes volver a pasarte porque yo seguiré colgando capítulos de la historia de estos dos.
Muchas gracias a ti por comentarios como este.
Un saludo =)
bueno bueno bueno thon te has ganado todas mis simpatias si definitivamente voy a disfrutar muchisimo leyendote sip zhetta me encanta la adoro q mujer q caracter si señor di q si imponte cari imponte no dejes q el sr mano tonta se meta contigo y ahora thon en serio siendo policia de los 8 bow como puedes ser tan tonto e inocenton¿?¿?¿? chato como se nota q eres de ciudad!!!! xD te vas a fiar del cotilla del pueblo al q adoro q gran secundario buenisimo q peazo juego va a dar este personaje y bueno el ataque del conejo ha sido muy bueno no me he reido mas xq no he podido xq me imaginaba a ese thon toh buenorro alto y atacado x un conejo y la otra mea de la risa en la puerta en pijama!!! otro momentazo el de los tomates asesinos de las pesadillas!! me meo q buen capi y quiero maaas q pasa luego¿?¿?¿?¿ malota escribe mas pliss!!! =)
ResponderEliminarjajajaja eso es lo que les pasa a los de city... que se van al campo y piensan que van a descubrir las americas y les dan gato por liebre, se las van a dar todas en el mismo lado XD
Eliminarque de gracias a que puede comer, pq yo soy Zhetta y le digo a Beeps que se coma todo por el camino!! Jajaja me imagino a Thon en plan mania persecutoria... por cierto... mira que es fantasma!! Lo de vampiro me ha matado! Jaja
ResponderEliminarZhetta es su jardinera?? Zas es toda la boca!! Jaja
Me encanta que este interesado en su vecina, la "hombreta".
Que capullo que es el tendero! jajaja Me encanta!!
It's raining apis!! XD
me ha gustado el nombre de Kirck Gunn... espero que tenga importancia en la historia...
Que el conejo le ha atacado??? jajaj que ha hecho?? Morderle la zanahoria?? XD
Y ya por ultimo... BOCAZAS!! Pero con mayúsculas!!!